ANTROPOLOGÍA CONTEMPORÁNEA
El Voluntarismo
El voluntarismo es la doctrina filosófica que
otorga un lugar primordial a la voluntad o a la razón práctica sobre la
inteligencia o razón teórica; por lo que la historia del voluntarismo debe
seguir el mismo rumbo que la historia del concepto de la razón práctica y la de
la voluntad.
El voluntarismo, desde el punto de vista
psicológico consiste en priorizar la voluntad sobre otras facultades psíquicas;
desde la perspectiva ética significa reconocer el carácter absoluto de la
voluntad, o su predominio en la determinación de la ley moral y de la razón
práctica sobre la teorética; y desde la metafísica, representa la conversión de
la voluntad en una cosa en sí, en un Absoluto.
Los escolásticos plantearon el problema entre el
entendimiento y la voluntad para resolver esta cuestión de una forma
intelectualista, que subordine el acto de la voluntad al intelecto; y de una
manera voluntarista, que supone la autonomía de la voluntad.
En el Cristianismo, el voluntarismo adopta
distintas formas que son diferentes al sentido moderno y contemporáneo. Se
puede decir que el agustinismo es voluntarista si no se considera la unidad
radical del alma y su trascendencia hacia su fuente.
También se interpreta como voluntarismo la
doctrina de Duns Escoto, que considera a la voluntad como causa total de su
propio acto, que tiene como razón formal la libertad; en oposición al
intelectualismo que otros entienden caracteriza el pensamiento de Santo Tomás
de Aquino.
Se puede afirmar que en casi todos estos
filósofos el voluntarismo tiene un sentido casi siempre metafísico.
Este problema reaparece en Kant cuando distingue
la interrelación entre la razón pura o teorética y la razón práctica; pero no
lo resuelve.
Para Kant, el voluntarismo tiene más un sentido
moral, por lo que algunos estudiosos de esta doctrina la denominan
“voluntarismo ético”.
En Shopnehauer, el voluntarismo se puede resumir
como metafísico, la voluntad aparece ante el intelecto como una cosa en sí que
es totalmente irracional.
En cuanto a Fichte, quien considera a la
voluntad la raíz del yo, reconoce un sentido moral del voluntarismo que es
racional.
Hoy en día, la oposición entre voluntarismo e
intelectualismo puede admitir la prioridad de la voluntad en el plano anímico y
rechazar la voluntad como realidad.
Shopenhauer, como otros filósofos voluntaristas
plenamente metafísicos, estima que la voluntad es un Absoluto que predomina en
la vida psíquica, pero no acepta que la voluntad sea primordial para el
reconocimiento de los valores éticos.
La máxima expresión del primado de la voluntad
sobre el intelecto es la metafísica de Shopenhauer, quien considera a la
voluntad un principio ontológico que en último término es el que explica la
realidad.
Por otro lado, también hay voluntaristas éticos
que niegan el voluntarismo psicológico y el metafísico.
Nietzsche, influenciado por Shopenhauer, otorgó
una gran importancia a la voluntad, pero de una manera singular. Se dio cuenta
que los ideales del cristianismo, del socialismo y de la democracia tienen una
base moral que debe ser superada por una perspectiva más allá del bien y del
mal; y para terminar con el intelectualismo proclamó el único principio real,
la voluntad de poder que hace que la vida sea inteligible.
Criticismo
Nacimiento de la teoría crítica
En 1923 se funda en Fráncfort del Meno un
Instituto de Investigación Social asociado a la Universidad de Fráncfort.
Escuela de Frankfurt y Teoría Crítica de la
Sociedad]
Orígenes de la Escuela de Frankfurt[editar]
La escuela de Frankfurt surge como grupo
filosófico en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en
un panorama en el que el proletariado no había producido la revolución como lo
había previsto Marx, y por el contrario había fracasado completamente en
Alemania, aunque se produjo en contextos agrarios como el de Rusia, con
condiciones materiales opuestas a las previstas por Marx, como los países
industrializados.
Ante esta situación, el papel del intelectual de
izquierda resulta profundamente cuestionado, pues se veía ante la encrucijada
del pensamiento autónomo objetivo, libre de compromisos, y la respuesta a un
compromiso social,- político, que no comprometiera sus propuestas teóricas a
favor de un partido. Los intelectuales de izquierda ven en la integración en un
partido, el peligro de transformarse en intelectuales orgánicos. El intelectual
orgánico, como es bien sabido, acaba quitándose la cabeza -y no sólo el
sombrero- al ingresar en un partido (Cortina, 1985. p. 33).
Sin embargo, pervive en el intelectual la
necesidad de pensar la teoría en términos de praxis política, reconociendo las
implicaciones teóricas de determinadas condiciones sociales de las cuales el
intelectual no puede escapar, con lo cual se convierte en una misión
filosófica, la ilustración teórica de la acción. Misión que la escuela de
Frankfurt tomó como propia y que encontró en la oferta filosófica de la época,
a la teoría marxista, entendida como teoría crítica de la economía política,
una teoría que trataba precisamente de la acción y la crítica del intelectual
hacia el acercamiento teórico a la realidad.
En esta línea, algunos autores califican a la
Escuela como un grupo neomarxista, debido a la marcada tendencia por la crítica
que se constituye en teoría y se opone a la teoría tradicional. Esta teoría
-que adquiere el adjetivo de "crítica"-, tuvo que afirmarse frente a
toda una tradición filosófica que había expulsado a Hegel del panorama, aunque
también fue influida por sus ideas, al igual que a cambios en la condición
política, económica y social, que repercutieron sobre ella.
En la época de la escuela de Francfort, el
capitalismo occidental, con Alemania como uno de sus representantes más
destacados, había entrado en una etapa cualitativamente nueva, dominada por
monopolios de expansión y una creciente intervención gubernamental en la
economía.
Parte de este contexto económico hizo que la
escuela fijara su atención en la experiencia de la Unión Soviética. Los
primeros teóricos que hicieron parte e ella, se encontraron ante el surgimiento
de una nueva fuerza negativa, revolucionaria, que se agitaba en la sociedad,
fuerza que puede ser considerada como el agente que realizaría su filosofía
así, de la primera generación de teóricos críticos en la década de 1840 podría
decirse que la suya era una crítica «inmanente» de la sociedad basada en la
existencia de un «sujeto» histórico real (Jay, 1974, p. 86). Sin embargo hacia
el final del siglo XX la teoría Crítica se vio forzada a cambiar su
planteamiento ante el debilitamiento de la clase obrera revolucionaria.
Estos cambios hicieron que la escuela cambiara
de sede, lo cual implicó de manera concomitante un cambio en los planteamientos
teóricos que se discutían en su interior, así pues, cuando el Instituto cambia
su sede a Columbia University, surge un cambio en dirección pesimista, evitando
el uso de términos como «comunismo» o «socialismo» y reemplazándolas por
«materialismo dialéctico» o «teoría materialista de la sociedad».
Estos cambios sin duda se debieron parcialmente a
la delicada situación en que se hallaban los miembros del Institut en Columbia.
Pero además expresaban una pérdida progresiva de esa confianza básica que los
marxistas habían sentido tradicionalmente en el potencial revolucionario del
proletariado (Jay, 1974. p. 87).
Esto muestra de manera general la relación que
se dio entre el contexto social, político y económico en que surge la Escuela
de Frankfurt y la producción intelectual de sus miembros, lo cual también
alerta ante la tentativa de pensar la escuela como un todo homogéneo, pues
aunque
La escuela de Frankfurt se presenta como el espacio
de reflexión de un variado grupo de filósofos unidos por intereses teóricos
similares, las propuestas teóricas de sus miembros llegaron a ser muy distintas
y en ocasiones divergentes, sin embargo, se podría decir que el tema que une a
los distintos autores que hicieron parte de esta escuela, desde Horkheimer
hasta Habermas, es la reflexión en torno a la razón, la cual, en oposición a la
razón instrumental de la teoría tradicional, se constituye en una razón humana,
o como dice Adela Cortina, "una razón que pierde todo norte si no hunde
sus raíces en el sentimiento. Desde la piedad y desde el dolor, desde el ansia
de vida feliz y desde el sueño de emancipación, se pone en camino la auténtica
razón de Occidente" (Cortina, 1985. p. 21).
Presupuesto teórico-crítico de la Escuela de
Frankfurt, teoría crítica y teoría tradicional.
A partir de este contexto, la escuela de
Frankfurt, plantea la pugna teórica alrededor de la disputa entre la teoría
crítica y la teoría tradicional, como reacción ante la unilateralidad
hegemónica de la racionalidad teleológica (Cf. Max Weber).
La Teoría Crítica de la sociedad se propuso
interpretar y actualizar la teoría marxista originaria según su propio
espíritu. Por ello, entiende que el conocimiento no es una simple reproducción
conceptual de los datos objetivos de la realidad, sino una auténtica formación
y constitución de las mismas.
La Teoría Crítica se opone radicalmente a la
idea de teoría pura, que supone una separación entre el sujeto que contempla y
la verdad contemplada, e insiste en un conocimiento que está mediado por la
experiencia, por las praxis concretas de una época, como por los intereses
teóricos y extra-teóricos que se mueven al interior de las mismas.
Lo cual significa que las organizaciones
conceptuales, o sistematizaciones del conocimiento, en otras palabras, las
ciencias, se han constituido y se constituyen en relación al proceso cambiante
de la vida social. Dicho de otra manera, las praxis y los intereses teóricos y
extrateóricos que se dan en determinado momento histórico, revisten un valor
teórico-cognitivo. Pues, son el punto de vista a partir del cual se organiza el
conocimiento científico y los objetos de dicho conocimiento.
Surge así una aversión a los sistemas teóricos
cerrados, y un gran interés por el contexto social, sobre el cual se buscaba
influir directamente a través de la filosofía. Se preocuparon
por el método
dialéctico instrumentado por Hegel y trataron, como sus predecesores, de
orientarlo en una dirección materialista. Estaban particularmente interesados
en explorar las posibilidades de transformar el orden social por medio de una
praxis humana tradicional.
Teoría
Crítica y Positivismo Lógico
Desde esta perspectiva la Teoría Crítica se opone
a la Teoría Tradicional como a la teoría que surge en el círculo de Viena
llamado Positivismo Lógico y esto en dos niveles:
En el
Plano Social, ya que la ciencia depende, -en cuanto ordenación sistemática- de
la orientación fundamental que damos a la investigación (intereses
intrateóricos), como de la orientación que viene dada dentro de la dinámica de
la estructura social (intereses extrateóricos).
En el
plano teórico-cognitivo, denuncia la separación absoluta que presenta el
positivismo entre el sujeto que conoce y el objeto conocido. Es decir, que
cuanto menos se meta el investigador en lo investigado, gracias al método, más objetivo
y verdadero será la investigación. De esta manera, se pierde el aporte del
sujeto que hace ciencia, se absolutizan los hechos y se consolida, mediante la
ciencia, un orden establecido (establishment).
Es decir, las ciencias pierden su carácter
transformador, su función social. En este sentido, los resultados positivos del
trabajo científico son un factor de autoconservación y reproducción permanente
del orden establecido.
Teoría Crítica y Horizonte Filosófico
Finalmente, esta teoría crítica transformadora
del orden social que busca de un mayor grado de humanización
-"antropogénesis"- se fundamenta en el concepto hegeliano de razón.
Es decir, la Teoría Crítica asume como propia la
distinción entre razón y entendimiento, y entiende que la razón lleva las
determinaciones conceptuales finitas del entendimiento hacia su auténtica
verdad en una unidad superior, que para la Teoría Crítica es la reflexión
filosófica o racional. Con la razón pensamos, con el entendimiento conocemos.
Estas posturas teóricas generales, pueden ser
rastreadas a través de autores como Horkheimer, uno de los directores y
miembros más destacados de la escuela de Frankfurt, y quien plantea el debate
entre teoría tradicional y teoría critica, al igual que Habermas quien
comprende esta distinción dentro de una racionalidad procedimental a partir de
la cual el conocimiento humano no opera según presupuestos
jerárquicos-metafísicos (teoría tradicional) sino pragmático-procedimentales
(teoría crítica) al interior de las comunidades científicas y de los mundos
socio-culturales de vida. Esto significa que todo modo de conocer es interesado
y, que sólo conocemos por el interés.
Esto lo trabaja Habermas a partir de una teoría
de los intereses rectores del conocimiento, que son en su terminología "el
interés cognitivo-práctico" y "el interés cognitivo-técnico" que
tienen sus bases en estructuras de acción y experiencias profundas vinculadas a
sistemas sociales y el interés cognitivo-emancipatorio que posee un estatuto
derivado y asegura la conexión del saber teórico con la práctica vivida.
Se concluye así que la Teoría Crítica es una teoría
que al mismo tiempo que aspira a una comprensión de la situación
histórico-cultural de la sociedad, aspira también a convertirse en la fuerza
transformadora de la misma en medio de las luchas y las contradicciones
sociales.
Primera formulación
de la teoría crítica.
La teoría crítica es formulada por Max
Horkheimer por primera vez en su obra de 1937 Teoría tradicional y teoría
crítica.1 2
El proyecto inicial se define como marxismo
heterodoxo, es decir, de realizar soluciones congruentes a los problemas de la
sociedad, como la desigualdad de clases, no solo desde el punto de vista
sociológico, sino también filosófico. Aspiraban a combinar a Marx, reparando en
el inconsciente, en las motivaciones más profundas. Por ello la teoría crítica
debería ser un enfoque que, más que tratar de interpretar, debiera poder
transformar el mundo.
Exilio ante la
llegada de Hitler
Con la llegada al poder del Partido
Nacionalsocialista Obrero Alemán en 1933, sus miembros se ven obligados a huir
de Alemania. Tras recorrer varias ciudades europeas, el Instituto se instalará
finalmente en Nueva York, donde permanecerá hasta 1950.
Allí se
trasladan Adorno y Horkheimer, las figuras más destacadas de esta etapa; el
segundo de ellos fue su director.
Investigación sobre teoría comunicativa.
En las primeras investigaciones sobre
comunicación que llevaron a cabo en Estados Unidos, de enfoque empirista y
ligadas a grandes instituciones, como La Fundación Rockefeller, surgirán las
principales diferencias entre teoría crítica y positivismo, que marcarán los
sucesivos debates y los estudios sobre comunicación y sociedad en la mitad del
siglo XX.
Desde la
teoría crítica se proponía ampliar el concepto de razón, de manera que el
pensamiento se liberara de los límites marcados por la práctica empirista, y de
una visión objetiva de la realidad.
El empirismo, como la dialéctica, fue una vez
una filosofía. Pero una vez reconocido esto, el término "filosofía",
que a nosotros se nos reprocha como si fuera una vergüenza, deja de causar
horror y se revela a sí mismo como la condición y la meta de una ciencia que
quiera ser algo más que simple técnica y que no se doblegue a la burocracia.
T. W. Adorno. Epistemología y ciencias sociales.
Madrid. Cátedra. 2001
La denuncia de la teoría crítica se centrará en
las implicaciones institucionales y mercantiles del enfoque positivista, que
naturaliza las exigencias propias de la sociedad de consumo, sin prestar atención
a los conflictos sociales.
Por su lado, Max Horkheimer centró su crítica al
positivismo en el libro Crítica de la razón instrumental, publicado en 1946 a
partir de unas conferencias que impartió en laUniversidad de Columbia a lo
largo de 1944.
Mediante su identificación de conocimiento y
ciencia el positivismo limita la inteligencia a funciones que resultan
necesarias para la organización de un material ya tallado de acuerdo con el
molde de la cultura comercial
Horkheimer Crítica de la razón instrumental.
Madrid. Trota. 2002.
Juntos publicaron en 1944 el ensayo Dialéctica
de la Ilustración, libro que se revelaría fundamental a la hora de abordar los
problemas relativos a las conexiones entre comunicación y sociedad. Se plantea,
según sus autores, como un proyecto para lanzar conceptos que promuevan un
cambio social. "Hasta ahora los filósofos han interpretado el mundo, a
partir de ahora deberían ayudar a cambiarlo" (Marx). En él presentan el
fascismo no como un hecho puntual ocurrido en occidente, sino como una de las
consecuencias de la modernidad.
Ilustración
Horkheimer y Adorno señalan en Dialéctica de la
Ilustración que la Ilustración tiene un modo de concebir las relaciones de
poder que desde un principio hace que nos enfrentemos a la diferencia y la
alteridad de un modo conflictivo. Los procesos de subjetivación modernos
-entendiendo por tal todos aquellos procesos sociales y culturales formativos
que explican lo que hemos llegado hacerse caracterizan por su tendencia a la
homogeneización y destrucción de la diferencia. De este modo la razón se usa de
un modo eminentemente destructivo que socava los potenciales liberadores que
siempre tuvo la modernidad.
Ello lleva a Habermas a indicar que la modernidad
tiene un proyecto emancipador truncado que todavía puede llevarse a cabo, pero
que es necesario volver a reinterpretar la racionalidad desde un punto de vista
libre de dominación. Sin embargo, autores como Hermann Schweppenhäuser o
Christoph Türcke han cuestionado que Habermas sea un continuador legítimo de la
teoría crítica de Horkheimer y Adorno, ya que su reinterpretación de una
racionalidad libre de dominio supone la renuncia a algunas de las pretensiones
fundamentales de éstos y de la herencia del marxismo occidental.
En "Dialéctica de la Ilustración"
Adorno y Horkheimer sostienen la ruina de la civilización, definitivamente
malograda. El devenir o decurso del proceso de la civilización se entabla como
relación dialéctica entre el mito y la ilustración. Así, en la antigüedad, la
mitología había constituido un intento de dominación y explicitación de la
naturaleza.
La Ilustración despojó al mundo de esa dimensión
mágica, pero, subrepticiamente, inventó sus nuevos mitos, secretamente.
En el momento en que los autores escribían esta
obra se vivía con crudeza un ejemplo contemporáneo de aquello a lo que estaban
refiriéndose: el falso fundamento pseudorracional de la demencial teoría de los
Nacional Socialistas que sostenían el mito desprovisto de toda razón de la
"superioridad" de los germanos, sobre las otras razas.
Es a partir del siglo XVIII, de la Ilustración o
de las luces, que la cultura de occidente había relacionado de modo
inextricable su porvenir y su futuro al uso de la razón. Pero la
racionalización introducida por este proceso habría de engendrar a la larga su
posición contraria. En efecto, al promediar el siglo XX la barbarie se había
entronizado en todo el mundo europeo. Y hasta había fallado en un todo esa
razón, pues había sido manipulada para dar "racionalidad" a lo totalmente
irracional.
La razón misma se había ocupado de dar lugar al
ascenso a la imprevisible locura del nacionalsocialismo. El orden burgués, la
razón y su racionalidad, habían posibilitado la llegada de Hitler. Y todo,
hasta los límites impensables de las matanzas de Auschwitz.
Adorno ya no va a depositar sus esperanzas en la
racionalidad, sino, más bien en el arte y en la cultura. Pero no apuntaba a
cualquier forma de arte, sino a las vanguardiasopuestas a las manifestaciones
artísticas de masa del siglo XX, en creciente despliegue.
En Estados
Unidos bien se pudo conocer el avance avasallador de esta
"comunicación" de masas. Radio, cine, televisión, música popular eran
el nuevo mito ilustrado. Ambos autores sostuvieron con desencanto que los
nuevos medios técnicos producían arte estandarizado y fácilmente consumible. La
"industria cultural", entretanto, estaba segura de la fidelidad de
sus clientes.
Todo fue derivando hacia una cultura del banal y
superficial entretenimiento. Esto paulatinamente se fue transformando y se
habría de seguir transformando en un elemento unificador aplastante de la
individualidad, de la independencia, de la capacidad de pensamiento del sujeto.
Su previsión del futuro, era así desalentadora, a
diferencia de la posición sostenida por Walter Benjamin, que cifraba esperanzas
en los innovadores medios de la sociedad, pensando, decididamente en las
películas, en la fotografía y en los elementos magnetofónicos.
La visión que Adorno y Horkheimer tejieron sobre
la civilización occidental masificada tiene un tinte señaladamente sombrío.
Mirando el pasado se tiene la brutal barbarie del nazismo, y mirando hacia
adelante se puede avizorar una comunidad de hombres-masa en que la libertad se
va atrofiando por los manejos de la industria cultural.
Introducción de la
Teoría Crítica en España
Manuel Sacritán fue el primero en España en
traducir un libro de un miembro de la Escuela de Frankfurt. De hecho, en 1962
tradujo no uno, sino dos de los libros de Adorno,Notas de literatura y Prismas;
La crítica de la cultura y la sociedad, ambos publicados por Ariel.3 Por otro
lado, Jesús Aguirre, durante su estancia como editor jefe en la editorial
Taurus.
También jugó un papel crucial en la introducción de
la Teoría Crítica en España a través de la traducción y edición de numerosas
obras de diversos miembros de la Escuela, particularmente Benjamin.4 De hecho,
los 43 libros de la Escuela de Frankfurt que fueron publicados en España entre
los años 1962-1981, la editorial Taurus fue responsable de un total de 13.5
El existencialismo.
El existencialismo surgió en el periodo que
discurrió entre las dos guerras mundiales y se desarrolló con fuerza en los
años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Debido a la diversidad de tendencias
que se incluyen dentro de esta corriente, no es fácil presentarla como un
sistema unitario de pensamiento. Por esta razón hay quien prefiere hablar de
filosofías de la existencia, subrayando así la pluralidad de pensadores que
recoge dicha expresión.
El existencialismo es un movimiento
cultural característico de una época de profunda crisis, provocada por los
catastróficos efectos de violencia y destrucción de las dos guerras mundiales.
Asimismo, el existencialismo fue una respuesta frente a la despersonalización y
el olvido de la singularidad del ser humano que imperaba en la civilización
occidental.
Por una parte, la filosofía del siglo XIX-tanto el
idealismo como el materialismo- prescindía del ser humano concreto y singular
como objeto de su reflexión. En el plano político, los totalitarismos redujeron
a sus ciudadanos a meros elementos anónimos del sistema. Incluso el
trabajo-cada vez más automatizado- y la publicidad- que hace del individuo un
objeto más de la sociedad de consumo-contribuyeron a la degradación progresiva
de la persona y a su disolución en una masa en la que pierde toda singularidad.
Como reacción, la nueva filosofía pondrá su
centro de reflexión en el sentido de la existencia humana. A diferencia de la
filosofía tradicional que partía del pensamiento especulativo, los
existencialistas harán brotar sus reflexiones de las experiencias personales.
Así, el primero de los pensadores que pueden ser denominados existencialistas,
S. Kierkegaard (1813-1855), proclamaba su distanciamiento de la filosofía
tradicional: "Frente a la filosofía especulativa, la filosofía
existencial".
Desde los griegos, la filosofía se había
centrado en la esencia de las cosas, también de los seres humanos, es decir, en
aquello que tienen en común los sujetos de una misma especie, prescindiendo de
los rasgos que individualizan a cada ser. Por otra parte, el eje del
pensamiento existencialista es lo singular y concreto del ser humano, la
existencia individual. En este sentido, se afirma la prioridad de la existencia
sobre la esencia. En el ser humano no hay una esencia previa, cada individuo
construye su propia esencia a lo largo de su vida, eligiendo libremente en cada
momento.
Como consecuencia, también podemos hablar de una
primacía de la vida sobre la razón en el seno de esta corriente de pensamiento.
Desde Descartes, la filosofía occidental había valorado la razón sobre las
demás facultades humanas.
Para el
existencialismo las verdades objetivas universales que se buscaba alcanzar con
el conocimiento no son suficientes. Las cosas no deben ser explicadas, sino
vividas. Además, el ser humano no es objeto de conocimiento, hay vivencias que
no se pueden racionalizar. El irracionalismo entra inevitablemente en el campo
del existencialismo.
La necesidad de darle sentido a la propia
existencia en un mundo que se muestra absurdo hace que el existencialismo
aborde algunos temas típicos de la religión (culpa, libertad, nada, muerte,
temporalidad). Para analizar estos temas, los filósofos existencialistas
recurrieron al método fenomenológico de Husserl.
Este método se presentaba cercano a la filosofía
existencialista, dado que partía de la necesidad de atender a las cosas mismas,
abandonando cualquier tipo de presupuestos e interpretaciones previas. El
objetivo del método era captar las cosas tal y como se manifiestan en la
conciencia. Un método que no puede ser explicativo- como el de la ciencia-,
puesto que toda explicación exige supuestos, sino descriptivo. Siguiendo este
método, la filosofía podrá describir los fenómenos como aparecen a nuestra
conciencia, la cual se caracteriza por ser intencional, por estar abierta al
mundo.
El lema de la filosofía de Husserl, "A las
cosas mismas" implica volver la mirada a un mundo que han olvidado los
científicos. El mundo de las experiencias vividas, un mundo subjetivo, "el
mundo de la vida".
S. KIERKEGAARD (1813-1855) Y UNAMUNO
(1864-1936).
El precedente inmediato del existencialismo del
siglo XX fue Kierkegaard. Frente al idealismo hegeliano de su época, su
pensamiento gira alrededor de la existencia subjetiva, la del ser humano
individual y concreto. Kierkegaard consideraba que dicha existencia era
irreductible a ningún sistema filosófico conceptual, era irracional y sólo
podía abordarse desde la experiencia subjetiva y personal. Únicamente del ser
humano podemos decir con propiedad que existe. Los animales o las plantas
"duran", mientras que el hombre existe plenamente al elegirse en sus
acciones que nada ni nadie determina.
Ante la temporalidad y la finitud que marcan a los
seres humanos, se pueden presentar tres actitudes, serían tres estadios
sucesivos, que el propio Kierkegaard experimentó en su vida. En el primero- el
hombre estético- el hombre busca eludir el devenir temporal viviendo el
momento, el instante presente, persiguiendo el placer fugaz. Ahora bien, este estadio
conduce al tedio y a la desesperación.
Una segunda
etapa estaría marcada por la actitud ética, en ella el ser humano organiza su
vida en función de una ley universal, de un deber. Es la etapa de la
racionalidad y de la integración en las instituciones de la familia y del
Estado. Ahora bien, en la universalidad de la ley moral queda perdida la
dimensión personal más genuina de la existencia humana, mientras el hombre
sigue amarrado a la temporalidad.
Sólo en el estadio religioso el individuo se enfrenta
directamente a la angustia del existir, al irracional misterio de la existencia
que encuentra sentido en Dios. La fe nos sitúa más allá de la ley universal
moral, más allá de la razón, en la existencia auténtica, en la subjetividad
consciente del absurdo y en una radical soledad. No obstante, este estadio,
superior a los anteriores, nos proporciona paz y tranquilidad. La relación del
hombre con Dios no es racional- Kierkegaard rechaza la religión
institucionalizada-, la comunicación entre ambos no sigue estructuras lógicas.
La auténtica fe se mueve en la paradoja, no ofrece seguridad ni sosiego. La
angustia es inevitable en la existencia humana consciente, angustia por el
temor al pecado y, sobre todo, angustia ante el vacío, ante la nada.
En la obra de Miguel de Unamuno podemos
encontrar rasgos de claro talante existencialista. Buen conocedor de la
tradición filosófica, su propuesta coincide, en su origen, con la de
Kierkegaard- a quien llama el "hermano Kierkegaard" (Del sentimiento
trágico de la vida)-. Ambos autores rechazan los sistemas filosóficos por ser
incapaces de resolver el verdadero problema de la filosofía: el individuo
particular y concreto. Asimismo, los dos conciben la filosofía más cercana a la
poesía que a cualquier otra disciplina racional. Para Unamuno, la cuestión
fundamental que se presenta de forma inevitable al hombre es el ansia de
inmortalidad personal; esta cuestión no puede resolverse por medio de la razón.
El ser humano lucha contra la muerte- este es el
sentido etimológico del término agonía, lucha que Unamuno utilizó con
frecuencia-, lucha por ser inmortal, pero todo a su alrededor le muestra su
temporalidad. El ansia de inmortalidad lleva al hombre a Dios, única garantía
para una existencia imperecedera. El ansia de inmortalidad nos conduce a lo
irracional, a la fe, una fe que tiene su fundamento en la voluntad, creer en
Dios es "querer que Dios exista".

Martin Heidegger (1889-
1976).
M. Heidegger siempre rechazó que se le incluyese
dentro del existencialismo. No obstante, los temas que aborda, la influencia
que autores como Kierkegaard o Husserl tuvieron sobre él, y la repercusión de
su propio pensamiento en filósofos existencialistas posteriores, obligan a
situarlo en los orígenes de la filosofía existencialista del siglo XX. Si bien,
la enorme influencia de su pensamiento lo convierte en uno de los autores que
más han marcado la filosofía contemporánea en todos sus ámbitos.
La obra de Heidegger es compleja y su
vocabulario deliberadamente oscuro. La cuestión de la que parte su filosofía-
en la que se centra su conocida obra Ser y tiempo (1927)- es: ¿qué es el ser?
Pregunta imprescindible, según Heidegger, ya que la historia de la filosofía
occidental es la historia del olvido del ser, la historia de la confusión del
ser con los entes.
El problema
del ser es más que un problema filosófico meramente teórico para Heidegger; la
civilización contemporánea, en la que priman la técnica y el consumo, lleva a
considerar a los entes de la naturaleza como meros instrumentos; incluso el propio
hombre es también instrumentalizado, masificado. Sólo construyendo una nueva
ontología que recupere el sentido original del ser tendremos la posibilidad de
cambiar de actitud y de superar una situación que pone en peligro tanto a la
naturaleza como al ser humano.
Para abordar la pregunta por el ser, la primera
dificultad que nos encontramos es que el ser en su totalidad no se presenta
ante nosotros como objeto de estudio, no es un ente concreto, sino aquello que
hace que el ente sea ente. Heidegger propone comenzar por analizar un ser
concreto para, desde él poder ahondar en el sentido del ser.
La pregunta por el ser habrá que plantearla
desde el análisis del ser humano, dado que es la única forma de ser con la que
nos encontramos en contacto constante. Además, el ser humano es el único que
tiene la capacidad de preguntar y responder, de comprender su propio ser y el
de los otros entes. La característica fundamental del ser humano es que no
puede formularse una definición que exprese su esencia.
El hombre no
es algo dado de manera definitiva, sino que siempre está por decidir, por
hacerse. Así, Heidegger dirá que "la esencia del hombre es la
existencia", precisamente porque es propio del ser humano encontrarse
frente a posibilidades entre las que ha de elegir. Heidegger emplea el término
Dasein (ser aquí o ser ahí) para referirse al ser humano existente- término que
permanece en su forma original alemana en alguna de las traducciones de sus
obras-. Veamos ahora las características del Dasein, de la existencia humana.
La primera característica del ser humano es su
estar en el mundo. Vivimos insertados en un mundo de cosas, de objetos que
pueden resultarnos útiles en función de nuestros intereses. El mundo en el que
habita el Dasein no es algo "en sí" mismo, objetivamente, sino algo
"para mí". Es decir, cada hombre configura su mundo y actúa sobre las
cosas para utilizarlas según las posibilidades que él mismo elige. Además, este
ser en el mundo es un ser con otros. Heidegger no se refiere sólo a la mera
coexistencia, sino al hecho de encontrarnos abiertos a otros Dasein; esta
apertura nos permite comprenderlos y comprendernos a nosotros mismos.
El Dasein es, pues, un ser arrojado al mundo, un
mundo de objetos y de otros Dasein. Un mundo de posibilidades se abre ante cada
ser humano, que debe proyectarse hacia delante, puesto que está inacabado, es
"proyecto de ser". Cada hombre es responsable de sí mismo y debe
elegir entre las posibilidades que se le ofrecen para proyectar su modo de
existencia.
Así pues, el Dasein nunca deja de proyectarse,
nunca vive exclusivamente del presente. El hombre vive siempre del pasado hacia
el porvenir. Toda nuestra vida consiste en cómo usemos las posibilidades
futuras que se nos ofrecen desde el pasado. Por esto, el ser más genuino del
Dasein es la temporalidad: vive siempre a partir de un pasado inamovible
futurizando su presente.
Precisamente porque el Dasein es un ser
inacabado, sólo la muerte supone, al final de la existencia, el fin y la
terminación del Dasein. Cuando acontece la muerte, el Dasein completa su ser
íntegramente.
Por tanto, únicamente podemos captar la totalidad
del ser humano desde el horizonte de la muerte. La muerte es, para Heidegger,
la posibilidad extrema de la existencia, si bien es una posibilidad segura. El
ser humano nada más nacer puede morir, lo que significa que la muerte pertenece
a la estructura constitutiva de su existencia. De ahí que afirme Heidegger: el
hombre es "un ser para la muerte".
Ante la posibilidad radical del ser humano, ante
la muerte, podemos intentar eludirla, distraernos para no enfrentarnos a ella,
o bien aceptarla, asumir la muerte como la única posibilidad real para llegar a
ser totalmente. En el primer caso, el ser humano tendrá una existencia
inauténtica, un tipo de vida en el que no es el yo quien vive según su proyecto
de vida, sino que se deja llevar por los que "se dice", "se
piensa", "se hace". El Dasein se convierte en un ser anónimo y
masificado, vive frívolamente en la superficie de las cosas.
La
existencia inauténtica se caracteriza por la mediocridad, la trivialidad, la
irresponsabilidad y la inconsciencia.
Pero el hombre puede también aceptarse tal como
es y tener presente siempre la inevitable muerte. En este caso, el ser humano
se enfrenta a la desnuda realidad de la muerte, que le revela la verdad de la
existencia: la nada. De esta forma el Dasein asume una nueva vivencia: la
angustia. Angustia que aparece al descubrir el hombre la finitud de su
existencia y sentirse desvalido ante el mundo.
Así, pues,
la angustia es el sentimiento radical que muestra la situación del ser humano.
Este sentimiento no equivale al miedo, dado que este surge al percibir una
amenaza, mientras que la angustia surge ante el vacío y la finitud del propio
ser humano. En último término, la angustia es un sentimiento ante la nada, ante
el hecho de no ser, sin que el mundo o los demás tengan un sentido que ofrecer
al hombre. A su vez, la angustia lleva al aislamiento y a la soledad. Pero, en
esa soledad, el Dasein descubre su libertad para realizarse en una vida
auténtica, en ella toma conciencia de todas sus posibilidades. Por tanto, la
angustia tiene la capacidad de salvar al ser humano de la existencia
impersonal. Pero, son muy pocos los que sienten esta angustia, la mayoría de
los hombres prefieren abandonarse a la vida cotidiana y a sus distracciones.
La existencia es definida por Heidegger como una
"travesía entre nadas": la nada de la que surgimos y la nada a la que
estamos abocados.
Como se dijo anteriormente, Heidegger rechazó
que se le situase en el existencialismo. No obstante, su análisis del Dasein,
su filosofía es, sin duda, una filosofía existencial del ser humano. Si bien,
en el planteamiento original de Heidegger, este análisis del Dasein habría de
ser sólo el estudio previo a una ontología general que respondiese a la
pregunta sobre el sentido del ser. Pero Heidegger no llegó a elaborar tal
ontología.
En torno a 1935 Heidegger dio un giro a su
filosofía e inició otro camino diferente a su investigación sobre el ser. Para
algunos, a partir de ese momento habría que hablar de un segundo Heidegger.
Obras como "Carta sobre el humanismo" (1947) o "Caminos del
bosque" (1950) indican este giro donde Heidegger pone de manifiesto que no
es posible comprender el sentido del ser desde un ente concreto, aunque sea el
privilegiado Dasein.
Mientras que, en "Ser y tiempo",
Heidegger intentaba llegar al ser a partir del Dasein, en su obra posterior, el
Dasein se comprende a la luz del ser, como una prolongación del ser. La verdad
sobre el ser ha de ser descubierta, el hombre no crea esa verdad, sino que la
descubre por ese rasgo originario de nuestro comportamiento que es la apertura
al mundo.
Heidegger retoma de los filósofos presocráticos, el
sentido original de la verdad como alétheia, como desvelamiento. En "Carta
sobre el humanismo", Heidegger presenta una visión del hombre que
contrasta con la que aparecía en "Ser y tiempo". Ahora encontramos a
un hombre cuya esencia consiste únicamente en ser el "guardián del ser ".
El hombre no es el dueño y señor del ente, sino el "pastor del ser".
El lugar privilegiado de la relación del hombre
con el ser es el lenguaje. La función primordial del lenguaje humano no es
designar cosas o comunicar estados interiores, sino descubrir en el seno del
lenguaje mismo el ser de las cosas y recrearlas. "El lenguaje es la casa
del ser ", dice Heidegger. El lenguaje es el medio en el que el ser se
muestra. Pero no se refiere Heidegger al lenguaje artificial de la ciencia,
sino al lenguaje más expresivo y auténtico, el lenguaje de la poesía.

Jean Paul Sartre (1905-
1980).
Para acercarnos a la filosofía de Sartre debemos
tener en cuenta que, a lo largo de toda su vida, mantuvo un fuerte compromiso
político y un inconformismo que marcaron su trayectoria personal e intelectual.
Participó en la Resistencia francesa contra el nazismo, rechazó el Premio Nobel
de Literatura (1964), presidió el Tribunal Russell y condenó las intervenciones
soviéticas en Hungría y Checoslovaquia. Siempre estuvo vinculado a grupos de
izquierdas, perteneció al Partido Comunista francés y procuró conciliar
existencialismo y marxismo.
En 1943, publicó "El ser y la nada. Ensayo
de una ontología fenomenológica".
Esta obra nos ofrece una investigación del ser,
basada en el método fenomenológico, siguiendo el camino abierto por Heidegger.
Sartre sostiene que la apariencia, lo que se manifiesta, es lo que existe, no
hay que buscar una esencia más allá, la apariencia es la esencia misma. Por
tanto, la tarea de la filosofía será describir dicha apariencia.
Para ello,
Sartre distingue entre ser en sí y ser para sí.
El ser en sí es el ser de las cosas, del que
sólo se puede decir que existe, es opaco, replegado sobre sí, la realidad
bruta, lo inerte.
Este ser no es consciente, es pura facticidad, es
lo que hay; por sí mismo carece de sentido. Frente a este ser macizo y
estático, el ser para sí, la conciencia, representa lo indeterminado. Para
Sartre, la conciencia no es una entidad espiritual, sino- como en Husserl- pura
intencionalidad, está volcada hacia el ser en sí, tiene una condición
radicalmente incompleta puesto que toda conciencia es conciencia de algo, está
referida a ese ser que no es ella.
En sí misma
es un vacío, nada, mera posibilidad, representa la libertad frente al
determinismo del en sí, es el ser específicamente humano. Ahora bien, el ser
para sí es el que aporta un sentido, un significado al mundo, al ser en sí;
sentido que, el ser en sí no puede tener por sí mismo en cuanto que es puro
hecho. Este dar significación propio de la conciencia es lo que llamamos
conocimiento.
El ser para sí, el ser humano, no tiene una
esencia o una naturaleza previa y común a toda la especie, es pura libertad, no
tiene fin ni está determinado. Sartre afirma que primero el hombre existe, y
sólo después es una persona u otra, se va definiendo como sujeto cuando elige
cómo actuar en cada situación, aunque su definición siempre estará abierta. Ser
libre quiere decir proyectarse sobre un fin y comprometerse con él. El ser
humano se realiza como proyecto al decidir por sí mismo lo que ha de ser. Ser
hombre es "inventar su propio camino", dirá Sartre en "Las
moscas".
Respecto a la divinidad, la única postura
coherente, para Sartre, es el ateísmo. Si existiera un Dios infinito, no
existiría la libertad propia del ser humano, al omnipotencia divina anularía la
libertad del hombre. "El hombre está condenado a ser libre", se nos
dice en "El existencialismo es un humanismo". El medio en el que se
mueve la libertad es el mundo, el ámbito de los hechos, de la facticidad.
Podríamos pensar que las condiciones históricas, sociales y personales
determinan nuestros actos; Sartre niega tajantemente esta posibilidad.
Todos esos factores previos, independientes del
sujeto, sólo dibujan la situación, el mundo en el que está arrojado tal sujeto,
las circunstancias particulares en las que tendrá que "hacerse" a sí
mismo. Sin duda el pasado es inamovible, pero nada de nuestro pasado puede ser
causa de lo que hacemos en el presente. La razón es que lo fáctico- los hechos-
no tiene sentido por sí mismo, sólo cobra significado cuando se lo da una
conciencia concreta.
Así pues,
cada sujeto tiene en cuenta las circunstancias, lo dado, y le da un sentido
dependiendo de su proyecto vital, un proyecto elegido libremente, que
trasciende el mundo de lo fáctico. Si con frecuencia podemos predecir la
conducta de otras personas, no es porque esté determinada, sino porque
conocemos el sentido que para ellas tienen algunos acontecimientos.
El hombre está abierto a otras posibilidades de
ser, diferentes a su ser actual, supera así la forma de ser cerrada y pasiva
del ser en sí. La facticidad, los hechos que debemos asumir, no eliminan
nuestra responsabilidad; como seres humanos libres debemos integrar lo fáctico
dentro de un proyecto.
A la hora de actuar lo hacemos en función de
motivos, valores. Ahora bien, algo se convierte en valor porque ha sido
elegido, no es elegido porque sea valioso. Para Sartre, no podemos pensar que
existen normas universales y objetivas, valores morales absolutos. La
conciencia del vacío de valores ante el que nos encontramos provoca la angustia
porque en nuestras elecciones nunca podemos estar seguros de que la decisión es
la correcta.
La angustia
es la conciencia de que somos realmente libres. En el ejercicio de su libertad
el ser humano se siente inseguro, solo este sentimiento provoca la angustia
(náusea) ante la responsabilidad que la conciencia tiene por estar obligada a
ir eligiendo continuamente. La angustia surge del interior del ser humano, es
la consecuencia de tener que elegir. No obstante, la angustia no conduce, en
Sartre, al quietismo; por el contrario, es la condición misma de la acción, a
pesar de que a veces no tenga confianza en que la acción vaya a tener
resultados positivos, dado que estos dependen de las acciones y las libertades
de otros hombres.
Pocas veces el hombre llega a sentir la angustia
de la libertad, con frecuencia intentamos ocultarnos a nosotros mismos que
somos totalmente libres para evitar dicha angustia. A este autoengaño lo
denomina Sartre mala fe, y puede adoptar diversas formas: a veces creemos que
las circunstancias nos obligan, o nuestras pasiones; otras veces eludimos la
libertad asumiendo los roles de la vida cotidiana- el mundo del "se":
"se dice", "se hace", al que Heidegger se había referido-;
a menudo recurrimos a normas morales y a valores ajenos para justificar
nuestras acciones.
Afirmar la
existencia de Dios como origen y fundamento de la norma moral ha sido el
recurso más socorrido en la huida del hombre de la libertad. La mala fe es
también indiferencia ante el otro, pensar al otro como una cosa en un mundo de
cosas.
La alternativa a esta mala fe es aceptar la
libertad, reconocer que somos los únicos responsables de nuestros actos, y que
dicha libertad es el fundamento de los valores. La moral que propone Sartre, al
igual que la ética formal de Kant, no incluye normas o leyes de actuación
específica, es una moral de situación que nace de las decisiones que tomamos
libremente y con total autonomía.
Sartre no
cae en el subjetivismo, porque subraya el papel que han de desempeñar las
libertades de los demás en mis decisiones y en mi proyecto existencial. Aunque
este autor no propone un imperativo categórico al estilo de Kant ("obra de
tal manera que tu comportamiento pueda erigirse en norma universal"),
según Sartre, a la hora de elegir una opción se impone siempre una pregunta:
¿qué sucedería si todo el mundo hiciera lo mismo?
En su existencia auténtica el hombre también es
consciente de su limitación: la muerte, la nada. Nuestra existencia es un camino
hacia la nada; la angustia y la nada son, para Sartre, el destino de la
humanidad, de ahí la famosa frase con la que termina "El ser y la
nada": "El hombre es una pasión inútil".
El mundo en el que está el ser humano no es sólo
un mundo de cosas, también hay otros seres humanos; es más, mi libertad sólo se
reconoce como tal al encontrarse con otras libertades. Mientras estoy solo, soy
el centro de todas las cosas; al aparecer otra persona, tengo constancia de que
no soy el único centro, hay otro ser que también lo es.
El otro supone una amenaza para mi mundo, lo veo
como una libertad puesta frente a mí. Al mismo tiempo, ese otro frente a mí
hace que adquiera conciencia de mi identidad.
Sartre describe el conflicto entre la libertad
propia y la ajena a través de la experiencia de la mirada. El otro, al mirarme,
me convierte en objeto. Por mi parte, al ser consciente de que soy mirado,
añado a mi autopercepción una nueva dimensión de mí mismo: mi ser percibido por
otra conciencia, mi ser percibido como objeto. Así, pienso en lo que soy según
el otro me ve. Para conocerme necesito convertirme en objeto, pero para mí
mismo sólo puedo ser sujeto, por tanto es necesario que el otro me conozca, me
cosifique.
Para convertirme en objeto, necesito un rodeo que
pasa por el otro, reflejarme en una mirada que me devuelva la mía, ya que para
el otro sólo soy un objeto. Así, la conciencia descubre a los otros y lo hace
como la condición de su propia existencia; se da cuenta de que no puede ser
nada, a menos que los otros la reconozcan.
Pero también
el otro se me aparece como objeto y pugna por recuperar su trascendencia, de
ahí que la relación con los otros será siempre conflictiva. "El infierno
son los otros", dice el personaje Garcin de "A puerta cerrada".
El progresivo acercamiento de Sartre a la
filosofía marxista culmina con la publicación, en1960, de su "Crítica de
la razón dialéctica".Ya en el prólogo de esta obra, afirma Sartre:
"considero al marxismo como la filosofía insuperable de nuestros tiempos y
creo que la ideología de la existencia y su método "comprensivo"
están enclavados en el marxismo, que los engendra y al mismo tiempo los
rechaza".
La
"Crítica de la razón dialéctica" será un intento de revisión del
pensamiento marxista, completándolo con la perspectiva existencialista.
Para Sartre, las diferentes filosofías que se
han sucedido a lo largo de la historia son las que han expresado el movimiento
general de la sociedad en cada época. En este sentido, la filosofía es el medio
cultural propio de cada momento histórico y se tiene que presentar como la
totalización del saber contemporáneo. Cuando un sistema filosófico cumple este
papel, se convierte en insuperable en tanto no cambia el momento histórico del
cual es expresión.
Teniendo esto en cuenta, sólo el marxismo, según
Sartre, se muestra capaz de llevar a cabo un análisis claro y coherente del
"proceso histórico en su totalidad". Ahora bien, el marxismo se ha
ido transformando, sus conceptos abiertos se han cerrado, ya no se toman como
esquemas interpretativos, sino como saber definitivo. Como consecuencia, el
marxismo se ha esclerotizado y deshumanizado.
"En
lugar de la búsqueda totalizadora tenemos una escolástica de la
totalidad". Es imprescindible partir de una crítica de ese marxismo
dogmático. Precisamente el papel del existencialismo será ayudar al marxismo a
superar una importante carencia que aparece en su seno: su incapacidad para
comprender al "hombre vivo", al ser humano concreto, su necesidad de
abordar la dimensión humana, existencial, como fundamento de toda
investigación.

Vitalismo
Término con el que nos referimos a las
corrientes filosóficas, desarrolladas sobre todo a partir de finales del siglo
XVIII, que rechazan una explicación puramente mecánica del fenómeno vital y
consideran, en general, que existe un principio o fuerza vital, de carácter
finalista, que sería el único capaz de explicar, y permitirnos comprender, la
vida (que no puede ser reducida, según tales consideraciones, a un mero efecto
de las causas y realidades circundantes).

Características generales del vitalismo.
La filosofía vitalista tiene como primera
distinción de las filosofías tradicionales entender la realidad como proceso.
Sin hacer metafísica tratan del ser en devenir, es decir, son herederos de
Heráclito. En lo antropológico la libertad es no sólo característica de la
voluntad, sino esencia del ser hombre. Además se abandona el concepto
tradicional de razón (abstracta, especulativa o científica) para considerar la
razón como vital o histórica
El
vitalismo tiene dos principales manifestaciones. La primera de carácter
científico cuyo principal portavoz es Hans Driesch, según la cual es reacción
contra el mecanicismo materialista que propugna la reductibilidad de lo vivo a
los procesos físico-químicos de la materia inerte. Postula la existencia
necesaria de un principio vital ajeno a la materia que explica los complicados
fenómenos de lo viviente.
La segunda
manifestación es de carácter filosófico, y es la que propiamente se llama
vitalismo o filosofía de la vida. A ésta se debe que la filosofía consiguiera
alejarse de las “intromisiones científicas” sobre todo de las físicas.
Exponentes:
Henri Bergson
principios del siglo XX se produce una fuerte
reacción ante el positivismo, con el fin de establecer la irreductibilidad del
ser humano a la naturaleza. Encontrar ciertos ámbitos (valores estéticos y
mentales, la libertad, el finalismo) que constituyen el «mundo del espíritu» y
hallar caminos, que sean distintos a los de las ciencias naturales, hacia esos
ámbitos. Estos hechos también son reales. Puntos centrales de reafirmación:
La
filosofía no puede ser absorbida por la ciencia: tiene problemas y
procedimientos distintos.
La
especificidad del hombre: interioridad (incluyendo a la memoria), libertad,
conciencia, reflexión.
Necesidad de un método propio que escuche la voz
de la conciencia.
Friedrich Nietzsche.
El
vitalismo de Nietzsche constituye la corriente más externa dentro de la
filosofía de la vida. Influido por Sahopenhaver, distingue entre realidad
aparente, ficticia, que es el mundo de los fenómenos, de los seres finitos e
individuales, y uno viviente, primordial e infinito, y por eso dice: “Todos los
seres individuales son como olas momentáneas que se elevan y se hunden en el
gran mar de la vida”.
Vitalismo
El
vitalismo, es la posición filosófica caracterizada por postular la existencia
de una fuerza o impulso vital sin la que la vida no podría ser explicada. Se
trataría de una fuerza específica, distinta de la energía estudiada por la
física y otras ciencias naturales, que actuando sobre la materia organizada
daría por resultado la vida.
Esta
postura se opone a las explicaciones mecanicistas que presentan la vida como
fruto de la organización de los sistemas materiales que le sirven de base. Los
vitalistas establecen una frontera clara e infranqueable entre
el mundo vivo y el inerte. La muerte, a diferencia de la interpretación
mecanicista característica de la ciencia moderna, no sería efecto del deterioro
de la organización del sistema, sino resultado de la pérdida del impulso vital
o de su separación del cuerpo material.
Características Generales del Vitalismo: La filosofía
vitalista tiene como primera distinción de las filosofías tradicionales
entender la realidad como proceso. Sin hacer metafísica tratan del ser en
devenir, es decir, son herederos de Heráclito.
En lo antropológico la libertad es no sólo
característica de la voluntad, sino esencia del ser hombre. Además se abandona
el concepto tradicional de razón (abstracta, especulativa o científica) para
considerar la razón como vital o histórica.
Vitalismo marchará paralelo a otra corriente
filosófica que coincide con él en estas características y en la crítica a las
filosofías predominantes del Siglo XIX (idealismo y positivismo). Ésta es el
historicismo, cuyo principal representante.
¿Que
exaltan los Vitalistas? El vitalismo tiene dos
principales manifestaciones. La primera de carácter científico cuyo principal
portavoz es Hans Driesch, según la cual es reacción contra el mecanicismo
materialista que propugna la reductibilidad de lo vivo a los procesos
físico-químicos de la materia inerte. Postula la existencia necesaria de un
principio vital ajeno a la materia que explica los complicados fenómenos de lo
viviente.
La segunda manifestación es de carácter filosófico,
y es la que propiamente se llama vitalismo o filosofía de la vida. A ésta se
debe que la filosofía consiguiera alejarse de las “intromisiones científicas”
sobre todo de las físicas; precisamente por remarcar el carácter diferenciado
de las realidades vitales no susceptibles de un tratamiento sólo matemático.
También se debe al vitalismo la reacción contra el
racionalismo exagerado que supuso el idealismo alemán posterior a Kant. Por
estas razones exaltan los vitalistas lo siguiente :
La vida como
realidad radical.
Ontológicamente, la vida es lo sustancial del
hombre.
Gnoseológicamente, conocer la realidad
prescindiendo del razonamiento y utilizando la vivencia, la intuición que
simpatiza con lo que quiere conocer (más que razonar sobre las cosas hay que
tener experiencias vitales de ellas o con ellas.
Axiológicamente (filosofía de los valores) no hay
otro criterio para jerarquizar los valores, que determinan qué es lo bueno y lo
malo, más que la vida
No debemos entender el concepto vida únicamente
como el proceso biológico que se desarrolla durante un período de tiempo
afectando a lo animal en el hombre, sino más bien del modo más amplio posible.
Friedrich Nietzsche. Realizó una crítica
exhaustiva de la cultura, religión y filosofía occidental, mediante la
deconstrucción de los conceptos que las integran basada en el análisis de las
actitudes morales (positiva y negativa) hacia la vida. Este trabajo afectó
profundamente generaciones posteriores de teólogos, filósofos, psicólogos,
poetas, novelistas y dramaturgos.
Meditó sobre las consecuencias del triunfo del
secularismo de la Ilustración, expresada en su observación de que «Dios ha
muerto» en una manera que determinó la agenda de muchos de los intelectuales más
célebres después de su muerte.

Liberalismo y comunitarismo:
Un debate inacabado
Liberalism and Communitarianism: An Unfinished
Debate
Rubén BENEDICTO RODRÍGUEZ*
Universidad de Zaragoza
La polémica entre comunitaritas y
liberales
Comunitaristas
y liberales: ¿una distinción real?
Lo primero que resulta oportuno indicar es que
los pensadores que la crítica especializada adscribe a uno u otro bando de la
polémica presentan un conjunto de diferencias notables entre ellos.
Tenemos, pues, que los términos que acogen en su
seno a los pensadores de uno y otro lineamiento teórico son sólo orientativos.
Se ha destacado que la tradición liberal es lo suficientemente extensa como
para acoger filosofías con sesgos muy distintos.
Lo mismo sucede con el comunitarismo, aunque, a
diferencia de lo que sucede con el liberalismo, este término no goza de
excesivo prestigio en el ámbito académico.
Quizás esto explique porqué el grupo de
filósofos que suelen ser tildados de comunitaristas habitualmente se presentan
a sí mismos simplemente como críticos del liberalismo, liberales republicanos,
individualistas comunitarios o liberales comunitaristas.
En este contexto, Charles Taylor —que, junto a
MacIntyre, Sandel o Walzer, es considerado un comunitarista— muestra su
incomodidad ante este rótulo al considerarlo confuso y de dudosa capacidad
descriptiva.
Lo cierto es que presentar a un autor como
comunitarista o liberal es sólo una forma de introducir su pensamiento, pero
también de confinarlo en unos límites que resultan mucho menos precisos de lo
que en un primer momento pueda parecer. De hecho, los autores clasificados en
esta corriente no comparten una concepción teórica homogénea, únicamente
comparten una «línea similar de críticas al liberalismo».
Así tenemos que lo que aúna a pensadores
tan diferentes como MacIntyre, Sandel o él mismo es su crítica al liberalismo
estándar, aunque debe reconocerse que utilizan argumentos con diferentes
matices y acuden a tradiciones con aspiraciones también diversas.
En cualquier caso, uno de los rasgos que
identifica al grupo de los comunitaristas es que, frente a otros filósofos que
han destacado la preeminencia de los derechos individuales o que han defendido
la neutralidad del Estado sobre las concepciones del bien —por ejemplo, Rawls,
Dworkin, Hayek o Nozick—, aquéllos subrayan la necesidad de la participación en
la vida pública. Para ello estiman necesaria una mayor unidad entre los
miembros de la comunidad que la que declaran losliberales.
No obstante, Taylor opina que el
comunitarismo se inserta en la tradición del pensamiento liberal de Tocqueville
y considera «el comunitarismo como un tipo de liberalismo entre otros».
Para comprender en profundidad los diversos
polos del debate que se libra en el ámbito de la filosofía moral, jurídica y
política es preciso adentrarse en los terrenos de la epistemología, de la
antropología filosófica y hasta de la metafísica.
En parte
será, pues, inevitable incluir alguna referencia a estas cuestiones, porque a
través de ellas aparecen referencias al tipo de razón práctica que para enfocar
los diversos problemas utilizan ambos grupos, a la metodología de la que se
sirven para intentar resolverlos, y a la comprensión sobre la libertad, la
justicia, el respeto, la cultura, las instituciones y los derechos, que son los
núcleos en torno a los cuales se han articulado las diversas argumentaciones.
A continuación se sitúa la discusión y se
apuntan sus derivaciones, recordando de nuevo que es difícil trazar una línea
tajante que separe a los representantes de ambos lados de la contienda porque
la mayoría de sus representantes compartirían como irrenunciables ciertos
supuestos: la necesidad de una fundamentación intersubjetiva de una moralidad
culturalmente compartida, el reconocimiento de los derechos humanos, una mejor
y más justa distribución de los bienes, etc.
Perfilando
el pensamiento liberal
Como expone Adela Cortina en Ética aplicada y
democracia radical4 fue la obra de John Rawls, Teoría de la Justicia, la
que definió los fundamentos de un nuevo liberalismo bien asentado frente al
utilitarismo y desencadenó la polémica que todavía hoy continúan liberales de
distinto signo y comunitarios de diverso tipo
Es obvio, en cualquier caso, que el liberalismo
reúne bajo su seno a un conjunto de doctrinas heterogéneas en las que subyace
una visión distinta del sujeto y también una propuesta ética y política
diferente.
Dentro de la tradición liberal podemos encontrar
autores situados en una línea de liberalismo igualitario o social [egalitarian
liberals] como Rawls o Dworkin y también otros que defienden la radical
independencia del individuo proponiendo un liberalismo libertario o individual
[libertian liberals] como Nozick o Hayek.
La clasificación que divide a comunitaristas y
liberales es sólo una forma de referencia no exenta de ambigüedades porque
algunos autores comunitaristas —por ejemplo, Michael Walzer— no dudan en
declararse a sí mismos «liberales» y calificar del mismo modo a algunos de sus
colegas, como a Charles Taylor.
Lo que se opone al comunitarismo es alguna forma
perversa que adopta el individualismo, pero no el liberalismo como cuerpo de
pensamiento que defiende la autonomía y la libertad, aunque el modo en que
desarrollan estos conceptos también difiera en ambas corrientes.
En el núcleo del liberalismo se detectan tres
rasgos fundamentales: una apuesta por el respeto mutuo que permite la
convivencia pacífica de personas con distintas concepciones de la vida buena;
la aceptación del principio de no interferencia que impide intervenir en el
desarrollo de los planes de vida de otros, siempre y cuando estos otros tampoco
interfieran en los de los demás; y una composición diversificada y separada de
las distintas esferas que componen la vida social (política, económica, religiosa…)
La exposición paradigmática de estos principios
se encuentra en el conjunto de la obra de John Rawls que puntúa magistralmente
el artículo «Justice as Fairness: Political not Metaphisical».6 Dicha obra ha
sido ampliamente comentada por autores de uno y otro signo, y constituye, en
definitiva, el núcleo del debate en torno al que giran muchas de las cuestiones
planteadas.

La
respuesta comunitaria
Por su parte, el comunitarismo manifiesta el
renacimiento, en los años ochenta, de las críticas de raíz
aristotélico-hegelianas al liberalismo kantiano, aunque sobre todo emerge como
respuesta, matización o rechazo al trabajo de Rawls, Teoría de la justicia.
La base compartida por los autores
comunitarios es su reacción frente a lo que juzgan una teoría fundamentalmente
kantiana. En este contexto, uno de los libros en los que se vislumbran algunos
puntos de la crítica comunitarista contra el liberalismo fue Hegel y la
sociedad moderna, escrito por Taylor y publicado en 1979.
Esa crítica incluye el rechazo a un concepto de
razón puramente formal, que es definido por Kant, al considerar que impide
ofrecer contenidos concretos a nuestras obligaciones morales; aunque también
censura el concepto de autonomía kantiano en tanto no considera en su justa
medida la inmersión del individuo dentro de su comunidad.
Este libro de Taylor, y un conjunto de artículos
suyos escritos sobre el «atomismo», junto a otras obras que emergen en el
contexto norteamericano, dan forma al movimiento comunitario. Alasdair
MacIntyre escribe Tras la virtud8 como un intento de refundar una moral de raíz
aristotélica, basada en virtudes y no en principios universales.
Pero será la publicación en 1982 de El liberalismo
y los límites de la justicia9 la fecha que marca oficialmente el comienzo del
debate.
Este libro aparece estructurado como una
crítica a Rawls, y en él Sandel acuña el término «comunitarismo» atacando la
concepción de la justicia típicamente liberal que considera la prioridad de lo
correcto o justo sobre lo bueno.
Por último,
destaca la obra de Michael Walzer Las esferas de la justicia10 que critica la
propuesta de justicia distributiva que aparece principalmente en la obra de
Rawls. Es pertinente efectuar un aviso previo si deseamos perfilar los límites
de la disputa entre comunitaristas y liberales.
Ambos aceptan la existencia de valores
morales que inspiren, en última instancia, la elaboración de normas jurídicas
destinadas a garantizar una convivencia armónica entre ciudadanos. Ninguna de
las dos corrientes identifica, por ejemplo, la moral con la voluntad de poder,
o cree que la moral sea el resultado de un libre juego de fuerzas.
Atendiendo a ello, desechan tesis que puedan
remontarse a cierta interpretación de la filosofía nietzscheana y que,
principalmente, se han desarrollado en el ámbito francés; me refiero a
posmodernos como Derridá, Deleuze, Lyotard o Foucault. En este sentido, ambos
aceptan el arbitraje de la razón práctica en la cuestión moral, sólo que con
enfoques distintos cuyo sentido es el que conviene clarificar.
Para empezar, debe advertirse que el término
«liberalismo» acoge en su seno una tradición tan extensa que sostiene
posiciones políticas más antagónicas de las que pueden encontrarse entre
algunos comunitaristas y algunos liberales.
Hay quienes distinguen entre individualistas y
comunitaristas según el peso que atribuyen a la comunidad en la formación de la
identidad, o según la relación que establecen entre esta condición y las
elecciones personales del sujeto; y hay quienes prefieren sostener que ambos
grupos de pensadores son liberales sólo que algunos, como Rawls, optarían por
subrayar los procedimientos democráticos frente a la filosofía, y otros, como
Taylor, se inclinarían hacia la búsqueda de la verdad.
Rawls afirma excluir en su argumentación las
«pretensiones de verdad universal, o pretensiones sobre la identidad y la
naturaleza esencial de las personas»; sin embargo, Taylor incluye siempre una
referencia al concepto de sujeto moderno autointerpretativo. En cualquier caso,
las tendencias generales del liberalismo y del comunitarismo conceden desigual
relevancia al individuo, a la comunidad, a lo particular y a lo universal.

El núcleo del debate
Rasgos
generales
Cuando se pretende definir el movimiento
comunitarista, se encuentran diferencias según el autor abordado, pero a
grandes rasgos puede describirse como «una orientación filosófico-moral, que
somete a una crítica metódica y moral la fundamentación individualista de la
sociedad y de las normas sociales características de la autocomprensión
racionalista ‘de la’ (o de ‘una’ determinada) modernidad».
Se observa,
pues, que son el concepto de razón, deudor de nuestra modernidad filosófica, y
su vástago primordial, la construcción de la sociedad en base a parámetros
individualistas, los principales focos de la crítica comunitarista.
El aire de familia que compartirían los
autores antes citados se cifraría en su crítica, más o menos matizada, sobre
los efectos perniciosos del individualismo como paradigma moral.
En otro intento de perfilar los rasgos comunes que
presentan los críticos del liberalismo, Amelia Valcárcel declara que
«comunitaristas son aquellos autores que, fundamentalmente, sostienen que los
derechos individuales han de ceder, en ciertos casos, ante los derechos de la
comunidad; y que con ello la moralidad del conjunto —incluida una práctica
mejor de la individualidad— aumenta».
La afirmación de Valcárcel es un
tantogenérica, pero, en cualquier caso, MacIntyre y los demás observan que las
sociedades en las que los derechos individuales, fundamentados sobre una
perspectiva subjetiva, parecen estar asegurados, no son capaces de evitar la
insolidaridad y el debilitamiento de los lazos comunitarios.
Particularmente representativa del comunitarismo
es la línea de pensamiento que se expresa en la revista estadounidense The
Responsive Community, dirigida por Amitai Etzioni, y que se ha convertido en un
órgano de expresión que aglutina las ideas de los defensores de la comunidad.
Define su propósito el siguiente texto: Los hombres, las mujeres y los niños
americanos son miembros de muchas comunidades […] y del mismo cuerpo político.
Ni la existencia individual ni la libertad individual pueden mantenerse por
mucho tiempo fuera de las interdependientes y solapadas comunidades a las que pertenecen.
Tampoco puede sobrevivir durante mucho tiempo
una comunidad sin que sus miembros le dediquen algo de su atención, energía y
recursos para los proyectos compartidos. La persecución exclusiva del interés
privado erosiona la red de los ambientes sociales de lo que dependemos, y
destruye nuestro compartido experimento de autogobierno democrático.
Por estas
razones, nosotros mantenemos que los derechos de los individuos no pueden
preservarse durante mucho tiempo sin una perspectiva comunitaria. Una perspectiva
comunitaria reconoce tanto la dignidad humana individual como la dimensión
social de la existencia humana.
Como también subraya esta corriente, la
intención del comunitarismo no es revocar la autonomía o anular el disenso,
sino precisamente hacer posible la libertad política en un marco democrático.
La perspectiva individualista y liberal no ha sabido construir un yo
responsable y solidario; la sociedad está fragmentada y es preciso reforzar el
valor de la comunidad para conseguir que el individuo se sienta responsable
respecto a ella.
En el fondo, la pretensión de estos
autores es culminar una labor en la que la filosofía se ha visto interesada
desde Hegel: el intento de construir una moral social desde una perspectiva
colectiva. Por supuesto, esta pretensión se basa en el supuesto según el cual
la comunidad es fundamental para la formación de la identidad moral de los
individuos y para el desarrollo de la misma, y concluye en una tarea que, según
Victoria Camps, «responde a la convicción de que sin comunidad moral no hay
individuos morales».
En un primer acercamiento clasificatorio de
ambas propuestas, podría decirse que los liberales subrayan el valor del
individuo y la autonomía, mientras que los comunitaristas defienden el sentido
de pertenencia a la comunidad y la propia comunidad; sin embargo, la idea
subyacente a la crí tica que los comunitaristas efectúan sobre los liberales es
que el individuo no puede pensarse de forma aislada, con independencia de la
comunidad que da origen a la formación de su identidad, y que permite o coarta
el desarrollo de su libertad.
Precisamente, es la importancia concedida al
individuo y a su autonomía de donde se infiere que es necesario atender a las
circunstancias sociales que condicionan la formación de su identidad y el
desarrollo de su autonomía. De hecho, aquellos que defienden el comunitarismo
democrático tienen en común con los liberales muchos de sus objetivos
fundamentales. Cualquier respuesta adecuada a la cuestión transcurre por la
conexión entre los dos polos del problema: el individuo y la comunidad.
A juicio de los comunitaristas, el asunto
estribaría en que el liberalismo ha otorgado una preeminencia exagerada al
individuo, concebido como un átomo, hasta el punto de asfixiar el proyecto
ilustrado de la autonomía del sujeto. Si se desea un verdadero
autogobierno de los ciudadanos, resulta necesario fortalecer los lazos de unión
entre el individuo y la comunidad. Por esta razón, desde las filas del
comunitarismo, se ofrece una noción de la sociedad política que fortalece la
unión entre los miembros que la componen.
Así, resulta
que la noción de comunidad que manejan entiende que la sociedad política es
algo más que una mera asociación organizada para la consecución de determinados
propósitos individuales. Se espera que el marco político común cree también una
comunidad de valores que anime al individuo a asumir compromisos con valores
colectivos, como son la reciprocidad, la confianza o la solidaridad.
Estos valores poseen características especiales,
en el sentido de que no pueden ser disfrutados por los individuos con
independencia de los demás, son necesarios vínculos fuertes dentro de sus
miembros. Por este motivo, la comunidad no puede ser presentada como un mero
agregado de átomos que mantienen relaciones mutuas sólo en la medida en que
dichas relaciones contribuyen a la consecución de los intereses de cada uno de
ellos. Para los comunitaristas, los miembros de una comunidad compartirán, al
menos, una noción sobre el bien común y ciertos vínculos afectivos de
estimación.
Desde luego, en las relaciones comunitarias se
modifica el punto de equilibrio, no rige el principio de «a cada quien, según
su contribución», como sucede en las relaciones de intercambio egoísta, sino
que «apenas nos importa la contribución del otro; a lo que atendemos es a sus
necesidades». En el fondo, las propuestas teóricas que suscriben los autores
comunitarios representan sobre todo un conjunto de objeciones a la obra de
Rawls, Teoría de la justicia, y a la multiplicidad de trabajos afines a los que
dicha obra dio lugar.
Según la crítica comunitarista, las usuales
propuestas teóricas liberales implican: una concepción implícita de la persona
imbuida de «atomismo», así como una equívoca y falsa distinción entre lo
privado y lo público (lo personal y lo político) que origina una pretendida
neutralidad estatal sobre las diversas concepciones del bien. Sin embargo, es
importante subrayar que, a raíz de las críticas de estos autores, el propio
Rawls elaboró su contrarréplica, revisó el formalismo de su doctrina moderando
su procedimentalismo y aceptó ciertos aspectos de la crítica comunitarista en
El liberalismo político.
En este segundo libro Rawls recoge ciertas
objeciones hechas aTeoría de la justicia e intenta responderlas.
En esta segunda etapa del pensamiento de John
Rawls ya no se propugna el liberalismo «comprehensivo» de su primer libro
porque éste supone que hacerlo sería suscribir lo que denomina una «teoría
completa», lo cual conduciría a excluir a otros individuos que sostuvieran una
«doctrina completa» distinta. Es oportuno indicar que Rawls entiende por
«doctrina comprehensiva o completa» aquella que tiene un contenido metafísico,
moral o religioso, y no tiene por qué coincidir con una teoría política
liberal.
Esta nueva posición se funda en la idea de que
la teoría política liberal que Rawls expone prescinde en su fundamentación de
planteamientos de carácter antropológico o metafísico, y se basa únicamente en
el funcionamiento de las instituciones básicas de las sociedades democráticas
occidentales.
Rawls se encarga de aclarar en El liberalismo
político que su teoría de la justicia liberal es una doctrina estrictamente
política, no una filosofía del hombre que implique un ideal moral completo.
De este modo, insiste en reformular el alcance y
los presupuestos de su primera teoría buscando lo que él denomina
«estabilidad», esto es, pretendiendo que su nueva formulación pueda ser
aceptada por todos los ciudadanos en cuanto personas «razonables» y
«racionales»; y por eso apela a su razón pública. Ahora se conforma con una
liberalismo menor, uno «estrictamente político». El resultado es una
versión moderada del liberalismo, aunque en ella todavía se encuentren
importantes desacuerdos con las posturas defendidas por los pensadores
comunitaristas.
También hay que resaltar que el primer avance
del comunitarismo fue seguido de un alud de contrarréplicas liberales que, del
mismo modo, han obligado a éste a moderarse. En la actualidad, tras veinte años
de disputa, las posiciones de unos y otros se encuentran en la mayor parte de
los casos mucho más matizadas.
A continuación se analizan las principales
críticas que desde la perspectiva comunitarista se han vertido contra el
liberalismo para aclarar los términos de la disputa y situar las diversas
posiciones que unos y otros sostienen respecto a cuestiones más concretas del
ámbito moral y político.

El
concepto de persona
En primer lugar, el debate actual presta
atención a lo que se denomina «el individuo en relación», al individuo situado
dentro de una comunidad, o incluso situado dentro de varias comunidades al
mismo tiempo que integran a los individuos diversamente interrelacionados.
Atendiendo a esta perspectiva, la concepción de
la persona propia del liberalismo igualitario aparece sintetizada en la idea
rawlsiana según la cual «el yo es anterior a sus fines». Lo cual significa que,
más allá de su pertenencia a un grupo,categoría, entidad o comunidad, los
individuos tienen la capacidad de cuestionar tales relaciones, aun de separarse
de ellas si así lo prefieren.
Atendiendo a estas consideraciones, cuando el
comunitarista Michael Sandel interpreta a Rawls, escribe: La prioridad del yo
sobre sus fines significa que no soy un mero receptá- culo pasivo de objetivos,
atributos acumulados y propósitos recogidos por la experiencia, ni simplemente
un producto de la variedad de las circunstancias, sino siempre,
irreductiblemente, un activo y voluntario agente, distinguible de su entorno y
capaz de elección.
La perspectiva de Rawls hace del sujeto una
unidad soberana de elección, donde los fines son elegidos antes que dados. Los
actos volitivos, objetivos, propósitos y fines son «escogidos» antes que
«descubiertos», y ello significa que el yo es irreductiblemente antecedente a
sus fines y valores, y nunca constituido por ellos. Parece que el sujeto es el
poseedor de una identidad definida previamente a su concepción del bien. Sin
embargo, para el comunitarismo la identidad del sujeto se encuentra
esencialmente marcada por la pertenencia a ciertos grupos.
El individuo nace y se desarrolla como un ser
autónomo a través de ciertas prácticas propias de la comunidad a la que
pertenece y que le confieren su particular identidad. Los vínculos que
necesariamente se establecen en este proceso de formación de la identidad son
considerados valiosos en cuanto son esenciales para la autodefinición. Según
Charles Taylor, la identidad se define a partir del conocimiento de dónde se
halla uno ubicado, de cuáles son nuestras relaciones y compromisos.
Tanto Sandel como MacIntyre24 rechazan
explícitamente el presupuesto rawlsiano según el cual las personas «escogen»
sus fines en función de sus intereses o preferencias; para estos autores sería
más adecuado afirmar que las personas los «descubren» en función de las
prácticas y valoraciones propias de los grupos a los que pertenecen, ayudándose
del relato que construyen sobre su propia identidad.
Por el contrario, la esencia de la persona
descrita por Rawls en la «posición original» separa al sujeto de sus fines; de
manera que describe a los sujetos del pacto social en una posición que no es en
modo alguno suscrita por la experiencia moral: Rawls recurre al «velo de la
ignorancia», según el cual los integrantes del pacto que van a gestar los
principios de justicia desconocen su situación política y económica, así como
el nivel de cultura y civilización que han sido capaces de alcanzar, con el fin
de que la ignorancia respecto a todos estos asuntos garantice la imparcialidad.
La crítica comunitarista afirma que la concepción
del individuo concreto y encarnado es un modelo más correcto y exacto, una
mejor concepción de la realidad, que la del individualismo liberal. El concepto
de persona defendido por Rawls no da cuenta exacta de la experiencia moral y no
resulta coherente como teoría filosófica de la naturaleza humana.
Ante estas evidencias, Rawls se defiende
indicando que él no pretende describir la naturaleza de la persona, sino sólo
expresar el derecho fundamental que protege al individuo integrante de las
sociedades democráticas occidentales para revisar y modificar su orientación
fundamental hacia el bien, lo cual incluye en algún momento la introducción de
un distanciamiento respecto a la matriz social de donde emergen los
significados y los diferentes sentidos que permiten a los sujetos detectar el
bien.
Sin embargo,
sostiene Sandel que la perspectiva que adopta Rawls es irreal porque «la
justicia como equidad concibe la unidad del yo como algo establecido
previamente, diseñado con anterioridad a la elección que éste hace en el curso
de su experiencia». Para que los principios de justicia previstos por Rawls
fueran escogidos se requieren personas provistas de virtudes y una moral
ciudadana que anteceda al pacto.
Más aún, según Sandel, la propuesta rawlsiana
implica que los fines de una persona no son vistos como algo constitutivo de
ella, de manera que los proyectos que el individuo comparte con su comunidad
nunca serán valorados como una parte integrante y fundamental de su
propio ser.
Por tanto, dicha visión parece excluir la
posibilidad de que el individuo sienta obligación hacia su comunidad al margen
de su interés particular. Por eso el yo rawlsiano, al ser un sujeto que «elige»
sus fines en lugar de experimentar su «descubrimiento», preferirá crear las
condiciones políticas que otorguen prioridad a la elección y no el
autodescubrimiento.
Partiendo de este tipo de consideraciones,
curiosamente es Taylor en su artículo «Cross-Purposes: The
Liberal-Communitarian Debate» quien clarifica la intención crítica de Sandel en
un punto importante. Según Taylor, lo que Sandel está intentado objetar a Rawls
es que «el principio de la diferencia», que alude a una organización social
donde las desigualdades económicas y sociales redunden en beneficio de los
menos aventajados, exige de una concepción de la persona vinculada hacia su
comunidad de un modo más intenso que aquella noción rawlsiana que muestra a
unos sujetos mutuamente desinteresados.
Es decir
que, el valor moral concedido a la solidaridad que se infiere del «principio de
la diferencia» implica una concepción fuerte de la comunidad, dado que en una
sociedad donde no existen fuertes lazos de solidaridad entre sus miembros, la
insistencia en la aplicación de ciertas reglas de redistribución igualitaria
resultaría harto difícil.
En realidad, para Taylor, el sentido de compromiso
mutuo que emerge del «principio de la diferencia» «sólo puede sostenerse a
través de yos vinculados que comparten un fuerte sentido de comunidad». Este
subrayado de Taylor sobre la crítica de Sandel convierte este argumento en una
poderosa réplica a la teoría rawlsiana, concediéndole una mayor radicalidad y
profundidad.
En puridad, lo que Taylor achaca a Rawls
es haber postulado un punto de vista extrasocial para elaborar sus principios
de justicia, cuando el campo de disputa debiera ser el compromiso metaético que
se sostiene sobre la aceptación de la comunidad como fuente de valor moral. Más
lejos aún, el debate atañería al método seleccionado para justificar los
principios de justicia y, por extensión, afectaría a la delimitación del poder
estatal. Ante las presiones comunitaristas, la teoría del segundo Rawls se
repliega pretendiendo su aplicación a partir de las ideas fundamentales que se
consideran implícitas en la cultura política pública de una sociedad
democrática.
La teoría típicamente liberal que Rawls describe
deja de lado el haz de teorías desarrolladas por lo comunitaristas sobre cómo
han de orientar sus vidas los individuos en general. Sin embargo, Rawls no
admite que la teoría liberal defienda que sea obligatorio desprenderse de
nuestros valores, de nuestros compromisos o de nuestros vínculos con los demás;
de hecho, cree que en nuestros asuntos personales podemos mantener compromisos,
lealtades y afectos, incluso admite sin más las observaciones de Sandel sobre
la fenomenología de nuestra experiencia moral.
En definitiva, efectúa un repliegue al postular
que su teoría de la justicia se refiere al concepto de persona entendida
exclusivamente como ciudadano, esto es, en el ámbito político. Pero, en ese
caso, Rawls da por sentado aquello que precisamente Taylor quiere debatir
porque, en ese sentido, el liberalismo debiera aportar las razones por las que
reduce el problema aceptando una tesis política mínima. Es la exclusión de este
tipo de reflexiones lo que conduce a los liberales a establecer su drástica
división entre lo privado y lo público, entre lo personal y lo político, lo
político y lo moral. Y es esta concepción lo que les exige eludir sus propias
concepciones sobre el bien en sus discusiones públicas sobre el alcance del
poder coercitivo del estado.
Al fin y al cabo, Rawls impide que la
deliberación sobre los principios de la justicia emerja a partir de una
concepción sustantiva sobre el bien, exigiendo que las creencias morales que
dan sentido a la vida de los individuos queden al margen de la vida política.
Sin embargo, para muchos, esta concepción de la política equivale a adoptar una
postura esquizofrénica.

La vinculación a la comunidad
Esta acusación conduce a la segunda de las
cuestiones. Los comunitaristas acusan a los liberales de exponer en sus teorías
una forma de individualismo asocial dado que, para ellos, la sociedad es sólo
un objetivo más de los sujetos previamente individualizados y no un ingrediente
de su personalidad.
Es decir, se acusa al liberalismo de considerar
a los sujetos políticos capaces únicamente de tomar decisiones aisladas, y de
considerar la cooperación simplemente por los beneficios que reporta a los
individuos aislados de todo vínculo social. Sin embargo, Rawls parte de una
idea fundamental según la cual la sociedad es un «sistema equitativo de
cooperación social entre personas libres e iguales». El bien de la comunidad
política radica en participar en un sistema cooperativo para el beneficio
mutuo donde los individuos son ontológicamente anteriores a la sociedad.
De esta posición, Sandel interpreta que, para
Rawls, la comunidad en la que el individuo se desarrolla no es un elemento
relevante de su identidad y que, por consiguiente, entiende de manera pobre la
comunidad política, no reconociendo la importancia de bienes humanos
específicos cuyo contenido es intrínsecamente social y soslayando la
posibilidad de que el bien de la comunidad pueda comprometer o transformar al
yo.
Aquello a lo que Rawls no presta la
suficiente atención es, según Taylor, Sandel y MacIntyre, que hay una serie de
capacidades humanas que sólo se desarrollan gracias a la vida en comunidad.
Para éstos, es la sociedad quien permite el desarrollo de estas capacidades y
las define; siendo algunas de estas capacidades más importantes, al menos: la
racionalidad, el carácter de agente moral del sujeto y su autonomía; aunque
Taylor añadiría el lenguaje como vehículo que hace posibles la adquisición, el
desarrollo y la transformación de estas capacidades.
De manera que puede concluirse que, a pesar de que
Rawls subraya en El liberalismo político la idea de la «cooperación» entre los
agentes que llevan a cabo el contrato social, con el fin de superar las
críticas sobre su «atomismo», se observa la persistencia de una misma
perspectiva que no concede el suficiente cuidado a la inmersión del individuo
en la comunidad y a los bienes que sólo a través de ella pueden darse.
Rawls se defiende argumentado del siguiente
modo: Decimos que las personas razonables no están movidas por el bien general
como tal, sino por el deseo mismo de un mundo social en el que ellas, como
libres e iguales, puedan cooperar con las demás en términos que todo el mundo
pueda aceptar. Esas personas insisten en que la reciprocidad debería imperar en
ese mundo social, de manera que cada uno resultase beneficiado junto con los
demás.
Sin embargo, el punto de vista rawlsiano
continúa siendo aquel en el que el individuo sólo está obligado a cooperar
cuando él obtenga una «ventaja racional», esto es, cuando resulte
beneficiado.33 Ésta es la perspectiva que filósofos comunitaristas como Sandel
no pueden aceptar porque, para ellos, la vinculación de los sujetos con su
comunidad es constitutiva y constituyente.
Digamos que la pertenencia a la comunidad les
permite alcanzar un tipo de bien humano que no alcanzarían por sí mismos y, por
este motivo, el compromiso respecto a la comunidad es independiente de las
previsibles ventajas que razonablemente los sujetos puedan esperar alcanzar.
En síntesis, mientras que para los liberales la
relación del individuo con la comunidad se cifra en el interés propio,
otorgándole a la sociedad un mero papel instrumental, los comunitaristas
señalan el aspecto social de las concepciones de bien del sujeto. Por estas
razones, para los críticos del liberalismo, no se trata de hacer de lo
comunitario un fin en sí mismo, sino de reconocer un liberalismo comunitarista
como proyecto de integración social.
Los pensadores como Taylor que defienden la importancia
que posee la comunidad en la configuración de la identidad personal y en la
orientación moral del individuo, consideran que los usuales planteamientos
liberales presentan una concepción antropológica del ser humano en el que se
destaca un sujeto desvinculado, atomizado, desarraigado e interesado en su
sociedad sólo en la medida en que ésta le permite desarrollan su plan de vida
individual.
Intentando eludir la crítica comunitarista,
Rawls expone una serie de aclaraciones en El liberalismo político para matizar
que, aunque en los principios de su teoría de la justicia como equidad subsiste
un ideal de persona, éste no es un concepto metafísico, ni moral, sino
estrictamente político, que considera a las personas en su vertiente ciudadana
definidas del siguiente modo: En primer lugar, los ciudadanos son libres en el
sentido de que se conciben a sí mismos, y unos a otros, con facultad moral para
tener una noción de bien.
Eso no quiere decir que, como parte de su
concepción política, se entiendan a sí mismos inevitablemente ligados a la
búsqueda de la particular concepción del bien que abrazan en un momento dado.
Ocurre más bien que, como ciudadanos que son, consideramos que son capaces de
alterar esa concepción por motivos razonables y racionales, y que pueden
hacerlo si lo desean.
Con esta enmienda Rawls desea esclarecer que su
pretensión no es exponer la naturaleza del yo, ni el problema de la
conformación de la identidad en el marco de las relaciones comunitarias. Su
concepción se refiere a la identidad pública de las personas en lo tocante a
sus derechos básicos y deja fuera su identidad privada, su dimensión ética:
excluye sus vinculaciones constitutivas específicas y sus valores éticos.
Es decir,
subraya que su concepción del sujeto se mueve en un nivel distinto al propuesto
por Taylor. Rawls está obligado a aceptar, como Taylor indica, que la comunidad
proporciona al individuo los recursos conceptuales en cuyos términos llega a
concebirse a sí misma, su identidad y sus valores.
Digamos que concede a Taylor que la identidad, a
un nivel ético, depende del reconocimiento que obtienen las personas en tanto
que miembros de una determinada comunidad, pero subraya que su construcción
teórica se refiere solo a la concepción de la persona en cuanto regula las
relaciones con otros ciudadanos.
La propuesta de la teoría de la justicia como
imparcialidad rawlsiana implica a la dimensión política que regula los derechos
y deberes básicos de los individuos en cuanto ciudadanos, es sólo algo que «se
toma como un asunto práctico político, no como concepción moral general».
La teoría de Rawls parte de la idea raíz según
la cual la identidad pública de un individuo depende del reconocimiento que
obtenga la persona — siguiendo la definición kantiana— como un fin en sí misma.
Por esta razón, según Kant, el ordenamiento
jurídico afecta a las relaciones externas recíprocas del arbitrio, cuando esas
acciones influyen de forma mediata o inmediata a otros sujetos.36 Así tenemos
que el derecho define el conjunto de condiciones elementales que posibilitan el
desarrollo de los sujetos concebidos como seres libres e iguales.
Sin embargo, aún considerando esta distinción, el
debate respecto a esta cuestión puede resultar pertinente, pues es esta
distinción entre el nivel ético y el nivel político la que los comunitaristas
cuestionan. Dicho de otro modo, una teoría de la justicia remite a una doctrina
más global, está obligada a rebasar los límites de lo político, aunque no
desarrolle —por utilizar los términos del mismo Rawls— una doctrina
comprehensiva completa. No importa sólo el objeto del consenso, sino la verdad
del juicio moral; luego persiste la obligación de recurrir a cuestiones que
rebasan el ámbito de lo meramente polí- tico
.
Siguiendo esta línea de argumentación,
Swift y Mulhall en El individuo frente a la comunidad se atreven a polemizar
sobre la posición que defiende el segundo Rawls: Por ejemplo, tal vez no sea
muy convincente la afirmación de que nunca se dará un amplio acuerdo racional
en la sociedad sobre la verdad de una sola doctrina en conjunto (por ejemplo,
de una doctrina religiosa). […] Pero es mucho más verosímil imaginar que pueda
alcanzarse un acuerdo social sobre elementos de una doctrina completa.
Taylor podría muy bien admitir este punto de
vista y considerar que es plausible una sociedad que reconozca los bienes de
una sociedad liberal bien ordenada, y aún así aceptar que sus miembros puedan
llegar a un acuerdo, basado en consideraciones racionales y globales, sobre el
valor de un determinado bien, aunque ello les conduzca a limitar la autonomía
de sus ciudadanos en un punto concreto. En este aspecto, la divergencia entre
los dos planteamientos nace de su diferente concepción sobre el sujeto.
Mientras los liberales muestran un tipo de
sujeto que posee una identidad definida previamente a su concepción del bien y
su compromiso con la libertad es prioritario, manteniendo al margen de la
política las orientaciones morales de los ciudadanos, los comunitaristas
destacan la conexión intrínseca entre la concepción moral del sujeto y su
identidad, manifestando en la arena política las consecuencias de esta
aseveración que puede llevarles a limitar la libertad para abrir el acceso a
algún otro bien considerado así por los miembros de la comunidad tras la
deliberación democrática.
Por supuesto, los liberales dejan fuera este
aspecto esencial en la constitución de la persona porque desean mantener
intacta la capacidad del individuo para revisar sus concepciones sobre la vida
buena, y consideran que cualquier intento por parte de la comunidad política
por elevar a la esfera pública un conjunto de valores morales —más allá de la
seguridad, la salud y el bienestar económico de sus ciudadanos— supondría
inmediatamente reducir el marco de libertad en que los individuos se desenvuelven.
Por eso el antiperfeccionismo estatal es un principio básico de las sociedades
liberales.
En el fondo, los liberales como Rawls pretenden
dar forma a una sociedad política que salvaguarde el derecho del individuo al
disenso, ofreciendo una concepción política de la justicia que tenga «en cuenta
la diversidad de doctrinas y la pluralidad de concepciones del bien
enfrentadas, y en realidad inconmensurables, que afirman los miembros de las
sociedades democráticas existentes.»39 Por lo tanto, la cuestión afecta a las
diversas justificaciones que existen sobre el derecho del individuo a
configurar su propio proyecto de vida, aun cuando entre en conflicto con los
valores de la comunidad en los que se inserta.
Si como se
deriva del pensamiento comunitarista, los valores que asume el individuo
emergen de patrones estimativos cuyo horizonte es trazado por la comunidad,
parece que el individuo resultaría incapaz de desechar dichos valores.
Supondría el desarme de la autonomía individual. No obstante, la argumentación
comunitarista gira en torno al olvido que el pensamiento liberal ha ejercido
sobre los vínculos constitutivos entre la comunidad y el individuo, exponiendo
las consecuencias éticas y políticas que se derivan de ello.
Asumiendo parte de la crítica comunitarista,
Rawls incorpora a su teoría la idea de que los ciudadanos pueden asumir ciertas
orientaciones morales en la vida pública, siempre y cuando sean compatibles con
los valores morales que persiguen otros grupos. En diversos ensayos suyos,40
Rawls desarrolla la idea de un «consenso solapante» (overlapping consensus) que
pueda dar cabida a todas las doctrinas filosóficas y religiosas opuestas. En
«The Idea of an Overlapping Consensus» defiende que a su teoría de la justicia
se puede llegar a través de un procedimiento a través del cual se abstrae
aquello en lo que pueden coincidir quienes defienden doctrinas completas,
diferentes y opuestas, como corresponde a una sociedad plural. Su intención es
crear unos principios de justicia que puedan ser compartidos por los seguidores
de diferentes doctrinas completas razonables.
En «Justice as Fairness» expone que los
valores políticos de su teoría de la justicia son prioritarios respecto a los
valores no políticos que configuran las doctrinas completas de la gente.
Sin embargo, en «The Law of Peoples» Rawls utiliza
esta misma idea del consenso solapado o superpuesto para justificar la
convivencia pacífica entre sociedades liberales y no liberales, desarrollando
una perspectiva que, en cierta medida, supone una retirada respecto a su
anterior posición.
En el mencionado artículo mantiene que este tipo
de sociedad no liberal podría asegurar la convivencia entre sus ciudadanos y
también ser respetada por las sociedades liberales, siempre que su sistema
legal satisficiera ciertos requisitos de legalidad a los ojos de su propia
gente y que se respeten los derechos humanos básicos. En una sociedad de este
tipo, defiende Rawls: Los individuos no ejercen el derecho a la libre expresión
como en una sociedad liberal; pero como miembros de asociaciones y cuerpos
corporativos tienen el derecho, en algún punto del proceso de consulta, a
expresar su disenso político y el gobierno tiene la obligación de tomar
seriamente en cuenta tal disenso y ofrecer una respuesta reflexiva.
Puede
deducirse que este tipo de concesiones implican que las críticas comunitaristas
son tenidas en cuenta por los pensadores más universalistas.
Aunque el nervio central del discurso permanece
inalterado: para Rawls es obvio que la asunción de algún tipo de bien, en
sentido fuerte, ataca el núcleo básico del liberalismo, y que una sociedad no
puede ser liberal, si la comunidad política en cuanto tal adopta públicamente
preferencias sobre la vida buena, porque ello menoscaba la autonomía de sus
ciudadanos. Por este motivo subraya que un tipo de sociedad que renunciara a la
neutralidad estatal incluyendo concepciones sobre el bien no podría ser
considerada una sociedad liberal. Si se desea mantener inalterada la libertad
de elección de los ciudadanos, el Estado no puede intervenir sobre sus
orientaciones morales.
En contra de este tipo de afirmaciones, una
acusación habitual que el pensamiento comunitarista vierte sobre el liberalismo
es que los liberales descuidan las condiciones sociales dentro de las cuales la
autonomía puede ejercerse de un modo significativo perdiendo de vista la
cuestión fundamental del sentido.
En palabras de Roberto Gargarella, «frente a
quienes presentan una idea ‘vacua’ de la libertad, los comunitaristas defienden
una idea de libertad ‘situada’, capaz de tomar en cuenta nuestro ‘formar parte’
de ciertas prácticas compartidas».
Esta última forma de réplica conecta con la
cuestión de la subjetividad moral que subyace a la teoría liberal.
En puridad, el argumento podría resumirse del siguiente
modo: si el pueblo soberano no puede pronunciarse en el ámbito político sobre
cuestiones morales y actuar en consecuencia, se deduce que cualquier opción
moral asumida por los ciudadanos es equivalente a otras y, por tanto, la teoría
liberal se sustenta sobre la base de un relativismo o subjetivismo morales.

Subjetivismo
La tercera cuestión a tener en cuenta en el
contexto del debate subyace plenamente a una de las preocupaciones
fundamentales de la filosofía de Taylor, en la que incide el capítulo
«Horizontes ineludibles» de La ética de la autenticidad, me refiero a la
cuestión de la significación. Si la autonomía ha de estar provista de sentido,
ésta tiene que ejercerse a partir de,un contexto que otorgue valor a las
opciones dentro de las que el individuo escoge.
Ahora bien, como las teorías políticas liberales
insisten en la neutralidad estatal, parece que esta imparcialidad se funda en
que cualquier opción tomada por el sujeto respecto a su concepción del bien es
tan válida como otra; pero entonces cabría afirmar que los juicios morales que
desarrollan los individuos son sólo subjetivos.
Parece que
las elecciones de fines, valores y concepciones del bien no superan la
perspectiva de la preferencia arbitraria y, por tanto, carecen de justificación
racional. Lo cierto es que Rawls reconoce que las elecciones individuales se
reducen realmente a preferencias personales: «Elegir una concepción del bien en
lugar de otra no es algo que tenga importancia desde un punto de vista moral.
Cuando la elegimos, estamos influidos por el mismo
tipo de contingencias que nos obliga a no tener en cuenta el sexo ni la clase
social a la que pertenecemos».
Por consiguiente, es obvio que, según Rawls, no
puede llegarse a un acuerdo racional sobre la vida buena ya que sería imposible
su justificación pública. Por el contrario, los filósofos comunitaristas
pretenden restaurar la objetividad de los juicios morales.
Si aceptamos que la razón práctica puede distinguir
entre formas de vida valiosas y no valiosas, ¿cuáles son los argumentos que
sostienen el mutismo estatal sobre estas cuestiones? De otro modo: ¿por qué los
ciudadanos no pueden instaurar formas de organización de la vida política
respondiendo públicamente a la orientación moral con la que se identifican?.
La respuesta de Rawls obliga a distinguir, como
se ha descrito anteriormente, entre el nivel moral y el político. En el ámbito
moral, como individuo, puede considerar que existen modos de vida más adecuados
que otros; pero en el ámbito político surgen límites objetivos a la expansión
de la conciencia individual, aunque se crea que existen formas de vida mejores
que otras.
En El liberalismo político reconoce que es
inevitable que las sociedades democráticas modernas alberguen doctrinas
religiosas, filosóficas y morales razonables, pero incompatibles; por esta
razón el Estado en cuanto tal no puede asumir una doctrina moral completa sin
perjudicar la autonomía y el derecho al disenso de algunos individuos. Rawls
considera que el resultado de la actuación de la racionalidad humana en el
marco de una sociedad libre impide llegar a acuerdos globales porque ninguna
doctrina completa resiste lo que denomina «las cargas del juicio», que aluden a
la posibilidad de examinar desde un punto de vista racional la superioridad
objetiva de una doctrina completa sobre otra.
Es preciso matizar que Rawls se refiere a
doctrinas completas y no a juicios morales netos; pero considerando que la
validez de un juicio moral solo puede evaluarse a partir de la teoría moral más
amplia que lo comprende, debe aceptarse la pertinencia de la acusación
comunitarista hacia el escepticismo filosófico rawlsiano respecto a la
racionalidad y a la objetividad de los juicios de valor. Por supuesto, estas
objeciones presentan modulaciones diferentes según acudamos a Sandel, MacIntyre
o el propio Taylor.
Los dos últimos evitan señalar que sus críticas
se dirigen explícitamente a Rawls y lo camuflan bajo la censura hacia el
emotivismo reinante —en el caso de MacIntyre— y de un clima de autorrealización
individualista deudor de un modelo epistemológico cientifista en su aplicación
a las ciencias humanas, en opinión de Taylor.

Neutralidad estatal
Más allá de la bipolaridad
objetivismo-subjetivismo presente en la disputa entre liberales y
comunitaristas, esta cuestión nos remite al problema de la justificación de la
neutralidad estatal.
Los liberales parecen prescindir de
cualquier concepción sustantiva sobre lo que se considera bueno para el ser
humano, otorgando prioridad al valor de la libertad de elección; mientras, los
comunitaristas afirman la inevitabilidad de la sustantividad en la vida humana
y su relevancia política.
Por supuesto, la argumentación liberal se basa en
una concepción de la persona que destaca la libertad de elección del individuo
como el valor básico en la organización social.
A partir de la pluralidad básica de las
democracias occidentales, se deduce que las personas tendrán concepciones sobre
el bien que serán distintas, aunque razonables. Los sujetos preferirán ciertos
bienes a otros, y por ello el problema del consentimiento público se sitúa en
el terreno político práctico.
Enfrentados a esta forma de argumentación, los
comunitaristas enuncian que en la teoría política liberal no se da realmente la
pretendida neutralidad entre las diversas concepciones de bien. Para
Sandel, el compromiso con la imparcialidad, desarrollado en el ámbito político,
se basa en la falta de neutralidad, en el ámbito antropológico, a la hora de
describir la naturaleza de la personalidad humana. Por esta razón, se alega que
el liberalismo adolece de falta de neutralidad ante concepciones del bien en
donde la vida común sea parte constitutiva del plan de vida de los ciudadanos.
Como consecuencia de estas preocupaciones
introducidas en el debate por el comunitarismo, los liberales han comenzado a
prestar atención a cuestiones que antes descuidaban. Por ejemplo, ahora
enfatizan que la libertad de elección se vincula con la multiplicidad de
opciones posibles y con que éstas sean significativas.
Las últimas
obras de Rawls, de Raz y de Dworkin admiten la intervención estatal del
gobierno sobre el marco cultural, reconociendo que es el contexto cultural el
lugar —Taylor aquí hablaría de «horizonte»— desde el cual los individuos
reflexionan sobre sus creencias éticas y escogen sus opciones de vida.
Conectado con esta problemática, Raz ha indicado
que la supervivencia de diferentes tradiciones culturales es condición
necesaria para que la autonomía de los individuos exista, en la medida en que
esas tradiciones condensan y articulan las orientaciones de valor que se
presuponen en toda elección basada en preferencias. Por su parte, Dworkin
muestra que preservar la riqueza del marco cultural es defender la libertad de
elección de los ciudadanos:
Los ciudadanos han de elegir dentro de un marco
cultural que incluye oportunidades y modelos ejemplares que hayan sido
considerados elementos necesarios de la vida buena por parte de personas
reflexivas en el pasado y que formen parte de un patrimonio cultural […] Podría
hacer hincapié también en que, de acuerdo con las exigencias de la justicia, el
marco correcto requiere decisiones colectivas sobre qué formas de vida hay que
fomentar o recomendar como mejores, especialmente cuando la cultura popular
impulsa en sentido contrario y proporciona con ello pocos ejemplos de formas de
vida valiosas.
Sobre esta cuestión, es preciso indicar que
Dworkin considera ilegítimo prohibir determinadas formas de vida bajo el
pretexto de que no son adecuadas, pero acepta que el Estado fomente aquellas
que considere buenas.
En cualquier caso, el liberalismo igualitario de
estos autores exige la intervención del Estado en la regulación de la vida de
la comunidad; sin embargo, el fundamento de esta intervención estatal se halla
en los principios de la justicia y no en la idea de bien. Quedaría pendiente
establecer si los principios de justicia se fraguan en una concepción de lo
bueno, como Taylor sugiere.

Nuevos caminos
En resumen, como ha sido señalado por algunos
filósofos, la presión comunitarista ha conducido a un acercamiento entre las
dos posiciones y, hoy en día, han alcanzado una especie de síntesis en la que
diversos puntos significativos de ambas posturas han contactado.
En la actualidad, se ha reintroducido la
discusión sobre el concepto de persona; se ha subrayado la importancia que la
comunidad posee en la configuración de la identidad del individuo y los lazos
que unen a éste con su comunidad; se ha pretendido una mayor coherencia al
subrayar la conexión entre lo ético y lo político, entre lo individual y lo
colectivo, lo privado y lo público; se ha matizado la abstracción metodológica
y se ha acentuado la perspectiva histórica. Haciéndose eco de algunas de estas
cuestiones, durante los últimos años ha irrumpido en la escena de la filosofía
política, tomando partido en algunas de las cuestiones debatidas, una corriente
que recibe el nombre de republicanismo.
El republicanismo es una orientación teórica y
práctica que pretende construir una democracia participativa fundada en valores
universales; con lo cual los principios ilustrados toman cuerpo en una
tradición que resalta los lazos de amistad cívica entre los ciudadanos y el
cultivo de las virtudes ciudadanas.
A través de este abrigo teórico se han
reintroducido aspectos que el pensamiento comunitarista siempre ha considerado
indispensables para llevar a cabo una auténtica vida política. Así, el
republicanismo se ha convertido en el lugar de encuentro entre liberales
críticos y comunitaristas que hallan en esta posición teórica un clima más
favorable para el desarrollo de sus trabajos.
Las tesis del pensamiento republicano son menos
duras que las mantenidas por otros autores comunitaristas: el republicanismo no
necesita comprometerse con el respeto de una concepción moral robusta, sino con
ciertos valores, en todo caso, institucionalmente circunscritos. Se enfatiza el
respeto de las instituciones y procedimientos republicanos, incluyendo un ethos
característico, pero no se desciende a concretar un modelo de vida ético tal
como efectúan algunos comunitaristas y moralistas contemporáneos.
El republicanismo subraya, sobre todo, la
necesidad de un compromiso activo del ciudadano con el bien público, de manera
que el interés respecto a los demás miembros de su comunidad supere el
puramente instrumental.
Sin embargo, a pesar de este acercamiento entre
una y otra postura, todavía quedan muchas preguntas que contestar en la
construcción del pensamiento comunitarista. Entre otras, los liberales
plantean: si los comunitaristas niegan la existencia de unos valores mínimos
universales; si mantienen un modelo único y cerrado de comunidad aunque acepten
que cambie según la dimensión histórica y geográfica; si presentan una
concepción se impondrá a las minorías impidiendo el disenso; si en realidad la
aplicación de su teoría sobre la sociedad no implicaría una negación de la
pluralidad o una homogeneización de los individuos.
Como puede observarse en La ética de la
autenticidad, Taylor rechaza toda teoría política que considera al sujeto en
términos de incorporeidad y ausencia de trabas, pues este sujeto neutro que
aplica el punto de vista «desde ninguna parte» es una degeneración tomada del
modelo epistemológico de las ciencias naturales que se aplica inadecuadamente
en el caso de las ciencias humanas.
En cierto modo, Taylor no hace a Rawls
blanco de su crítica porque reconoce que la descripción que éste hace la
persona se refiere a sus atribuciones como ciudadano, a sus delimitaciones
políticas; sin embargo, el debate de fondo pervive porque es precisamente esta
división la que Taylor cuestiona: partiendo de que toda teoría política ha de
expresar qué hay en los seres humanos que justifica que se les trate como exige
dicha teoría, el liberalismo deja cortada la discusión porque rechaza la
reflexión sobre la naturaleza humana como fuente normativa. Por otro lado, los
comunitaristas han dedicado grandes esfuerzos a combatir el subjetivismo moral,
aunque algunos lo combinen con una peculiar defensa del reconocimiento de la
particularidad tanto personal como cultural.
Taylor ha rechazado lo que él denomina «el
relativismo blando [soft relativism]», el escepticismo o la pérdida de
significación, y esta crítica puede ser atribuida a Rawls en la medida en que
otros filósofos —por ejemplo, Sandel— achacan al postulado de neutralidad
estatal rawlsiano estar fundado sobre un escepticismo que afecta a los juicios
de valor. No obstante, otros liberales, como Dworkin, ya están de facto
admitiendo las críticas comunitaristas e incorporándolas a sus reflexiones
políticas al destacar que las convicciones han de ser el resultado de una
reflexión crítica y no de preferencias arbitrarias. Por eso, coincidiendo con
algunos comunitaristas, destaca Dworkin que «la experiencia ética carece de
sentido a menos que sea objetiva».
Además, Taylor ha polemizado con Rawls en torno
a la prioridad de la justicia sobre el bien. Para aquél es evidente que toda
teoría moral o política ha de inspirarse en una visión del bien y, por
consiguiente, rechaza toda postura que niega su apelación a una teoría
sustantiva del bien.
En consecuencia, Taylor defiende la posibilidad
de que el Estado se comprometa con ciertos planes de vida o, al menos, con una
cierta organización de la vida pública orientada hacia el bien. Siguiendo las
consecuencias que se extraen de este compromiso, considera que al menos se debe
fomentar un ambiente cultural rico, precisamente para que los ciudadanos puedan
elegir entre opciones que no sean triviales o carezcan de significación.
Aunque también existen autores liberales perfeccionistas,
como Joseph Raz, que basan su liberalismo en lo que Rawls consideraría un ideal
ético completo que no establece discontinuidad entre lo ético y lo político, y
para el cual el Estado debe promover una pluralidad de opciones con el fin de
contribuir a una mayor autonomía individual.
Finalmente, Taylor señala que para que los
seres humanos desarrollen y conserven una vida autónoma como ciudadanos se
necesita algo más que el apoyo de un sistema político liberal, se necesita un
compromiso fuerte con este hiperbien; pero la negativa de la teoría liberal a
apelar a una concepción del bien, le impide exponer las razones que tienen para
otorgar prioridad a la elección autónoma de fines. La consideración del
individuo como elector autónomo de fines no es esencial a la condición humana:
dicha consideración se da solo dentro de una matriz social liberal; por eso
debe desarrollar las estructuras sociales que sirven de base a esa sociedad.
Sin embargo, la perspectiva meramente
instrumental que el liberalismo ofrece de las instituciones debilita el
sentimiento de fidelidad común hacia esas instituciones y, con ello, puede
socavar su compromiso con diversos ideales importantes para la democracia como
son la defensa de la igualdad de todos los ciudadanos, su compromiso con la
libertad, la solidaridad y con la eficacia de un verdadero autogobierno
colectivo.
Uno de los logros del pensamiento de Taylor es
su pretensión de redefinir la propia extensión del despliegue comunitarista,
resultando que su posición no debe reducirse a una mera crítica de un
liberalismo que siempre antepone los derechos individuales sobre el bien
colectivo, sino a reintroducir la importancia que la comprensión de la
comunidad posee y de la relación del individuo con la comunidad para el desarrollo
de una teoría de la sociedad y política más completa. A lo largo de La ética de
la autenticidad, Taylor propone un liberalismo no individualista que otorgue a
la comunidad el papel que le corresponde en tanto es fundamental para el
desarrollo de la «autenticidad», entendida como un ideal moral que incluya
referencias del individuo hacia fuera.
En suma, la intención del pensamiento de índole
comunitarista no es acabar con el liberalismo, sino cuestionar la validez de
ciertas autocomprensiones del ser humano que el liberalismo ha desarrollado y
corregir algunas de sus incoherencias, entre las que destaca: la mencionada
visión parcial de la naturaleza humana y el «malestar» generado por una «ética
de la inarticulación» que aparentemente niega la asunción de una perspectiva
explícitamente ética cuando, en realidad, constituye una ética claramente
definida con una amplia y no siempre positiva repercusión en el horizonte de la
Modernidad.
Resumen:
Este artículo ofrece una recopilación de los
principales argumentos aparecidos durante tres décadas de debate entre
liberales y comunitaristas. Por el bando liberal se recogen las tesis
fundamentales expresadas por John Rawls en su Teoría de la justicia y la
posterior reelaboración de sus ideas que resumirá la obra El liberalismo
político.
El trabajo pretende demostrar el modo en que las
críticas presentadas por el pensamiento comunitarista, representado en este
caso por Alasdair MacIntyre, Michael Sandel, Charles Taylor o Michael Walzer,
han contribuido a la redefinición hecha por Rawls de la relación entre la
persona moral, el ciudadano y la comunidad política, y también a las
posteriores modificaciones que otros autores como Ronald Dworkin, Thomas Nagel
o Joseph Raz han incorporado a la tradición liberal.
Finalmente, la revisión de los argumentos se
concreta en la actualidad en las diversas propuestas de corte republicano que
liberales y comunitaristas asumen y en las que ambos contendientes comparten
algunas tesis fundamentales sobre la buena sociedad y el mantenimiento de la
salud democrática, aunque siguen discrepando sobre algunas cuestiones
importantes. Palabras clave: Liberalismo, comunitarismo, Rawls, política,
comunidad.
CRITICA
Este texto de la antropologia contemporánea es mucho mas acertado a nuestra actualidad es ver que gracias a la época moderna se abrieron puesta para ser hombre con pocas virtudes si no vivir para ser hombre que solo se beneficien de placer del mismo, es debido a esto que vivimos en guerra, vemos el hombre ateo, y la sociedad con una inmoralidad natural totalmente desordenada.
Debemos iniciar hablando de la doctrina filosofica que surge en que este tiempo como lo fue el voluntarioso que busca priorizar la voluntad sobre las otra facultades psíquicas es poder predominar en la voluntad de como vivo mi ley moral robo y eso no es nada, me acuesto con una persona del mismo sexo y normal por que es mi voluntad y yo hago lo que quiera, que es como el hombre actual piensa y quiere concebir el mundo llevándolo solamente a su destrucción.
Otro gran pensamiento o ideología es la teoría critica la cual entiende el conocimiento no es una simple reproducción conceptual de los datos de la realidad si no una autentica formación de las misma, nos lleva a buscar y ser prácticos en nuestra originalidad buscan ser innovadores ante la humanidad, buscando que nos formemos siendo seres capaces de construir ciertas objetos, llevándonos al conocimiento avanzado de mi mismo.
Debido al hombre existencialista o de una autentica formación, es que este movimiento es marcado de la destrucción por las dos grandes guerra mundiales, también es un movimiento que defendió la despersonalizaron que se hace al hombre actual en nuestro continente occidental, el cual pese a su poca organización a podido salir adelante defendiendo la dignidad humana.
Por consiguiente el vitalismo en el ser humano es de vital importancia por que el nos explica el principio o fuerza vital de carácter finalistas, que es lo que para nosotros los cristianos es el principio la vida, finalmente la muerte; y la esperanza en la resurrección que son realidades que enmarcan nuestra fe y nuestra existencia de la realidad circundantes pero que para muchos no lo es, creen en la reencarnación, en que la vida se acaba.
Durante este periodo es importante recalcar la vida de Martín Heidegger que para abordar la pregunta del ser, dice que su primera dificultad es que el ser se encuentra en un gran estudio, pero el propone un ser concreto para nuestro estudio, es por esta razón que el ser humano día a día se le buscara una mejor solución para ver el sentido del ser mucho mas provechoso, pero la gran inconipta es ver si el hombre toma, todo estos beneficios con responsabilidad o los lleva a su autodestrucción.
Uno de los mayores problemas del hombre actual es el subjetivismo es creer que soy alguien cuando en realidad no lo puedo ser gracias a mi condición, económica, psicológica o social, es de vital importancia valorarnos como somos y como vinimos al mundo, agradecer a Dios como nos trajo y vivir una vida llena de grandes virtudes, es por esto que esta condición, solamente nos lleva a nuestra misma misma destrucción y nos invita a nuestro autoconocimiento.
Para finalizar esta época sigue habiendo teorías que solo van encontrad de nuestra misma ideologías y que se seguimos seres personas fracasadas por que el mundo unidimensional por el que vamos solamente va hacer de nosotros volvernos como perritos para donde nos lleva la ciencia o el modernismo para aya iremos.